28. Polifemo

Retomo el blog con una publicación muy especial. Quizá alguno de vosotros recuerde un álbum de cromos llamado Monstruos. En cuanto veáis la portada, seguro que retrocedéis 35 años en el tiempo. Estoy en un grupo de Facebook donde lo recordamos, y he propuesto un pasatiempo, escribir entre todos una historia corta de cada uno de los cromos, de unas 1.000 palabras, y yo he escogido a uno de los mayores pringados de la mitología griega, el cíclope Polifemo. Claro que no me he resistido a darle otro enfoque algo diferente al de otro supuesto ciego, Homero. Que lo disfrutéis. Gracias a Juan Manuel Cobos y el resto de los miembros del grupo por devolverme un poco a la infancia.

28 Polifemo

 

                Polifemo profirió un alarido agónico al extraer el largo punzón incandescente de su único ojo. No era más largo que uno de sus dedos, pero hasta él comprendió que se había quedado ciego para siempre. Braceó en busca de los culpables, incapaz de paliar las punzadas de dolor que sacudían su cabeza de forma constante; pateó todos los rincones de la cueva, derribando canastos, aplastando ovejas, apagando hogueras y reventando la vejiga de vino que le había condenado al sueño y, con él, a las tinieblas.

                -Malditos seáis, aqueos. ¡Yo os maldigo! -vociferó anegando la cueva con su eco. – ¿Así correspondéis a mi hospitalidad? ¿Ese es el pago dado a un anfitrión, el que os ha dado un techo seguro, de cuyas gallinas y ovejas os habéis alimentado, cuyos quesos habéis devorado?

                El cíclope se tapó el ojo con las dos manos, como un doliente, tratando de detener la hemorragia, una lluvia roja sobre las cabezas de Odiseo y sus hombres. A tientas avanzó hasta la entrada de la cueva, y se aseguró de que la piedra seguía en su lugar. Conforme el dolor remitía, los pensamientos de Polifemo se aclararon, y comenzó a pensar en su venganza.

                -Dime, aqueo, tu nombre, para que sepa al menos a quién debo devorar el último, tras contemplar como me alimento uno a uno de todos vosotros.

                Los hombres de Odiseo se asustaron ante la amenaza del cíclope, y se ocultaron tras los salientes y recovecos de la enorme caverna. Pero el rey de Ítaca no se arredró. El astuto Odiseo, engolando el tono de su voz para que Polifemo no detectara su situación, le arengó:

                -Nadie es mi nombre, cíclope. Puedes pregonarlo en toda la Hélade, en Micenas, en Esparta, en Tebas. Nadie te ha cegado. Un simple hombre.

                Polifemo masculló unas palabras que Odiseo no entendió. Con grandes zancadas, se dirigió a la entrada de la cueva, repartió varias patadas al aire para asegurarse de que nadie podía escapar, retiró la piedra y la volvió a colocar en su sitio sumiendo a los hombres en la oscuridad.

                Odiseo corrió tras los pasos del ciclope, pero la gran piedra era inamovible. Ni con cien hombres podría haberla desplazado los dos pies necesarios para sacar la cabeza, escapar de allí y llegar a su barco, anclado en la bahía de esa isla maldita.

                – ¿Por qué has dicho eso, Odiseo? Ahora irá a contárselo al resto de cíclopes que, sin duda, pueblan esta isla, y acabarán con nosotros -le reprochó Práxedes.

                Pero el astuto Odiseo se limitó a sonreír con esos dientes brillantes, la misma sonrisa que le había mostrado a Agamenón cuando le preguntó de qué manera iban a poder expugnar Troya en una noche si habían sido incapaces de lograrlo en diez años de guerra.

                -No temas, Práxedes. Lo tengo todo previsto.

                Los hombres se reunieron alrededor de la fogata que pudieron prender en medio de la oscuridad. Llenos de temor, Odiseo tenía la capacidad de hacer fácil lo imposible, y sencillo lo incomprensible. Sus ojos se encendieron con las palabras de su rey, y pasaron el resto de la noche aprovisionándose de cuerdas, cáñamos y todo aquello que les sirviera para el plan.

                Polifemo regresó muy tarde, casi de día. Los primeros rayos del sol se filtraron a través de los resquicios de la gran roca de la entrada. Nadie dormía. Todos se mantenían en silencio. Con la luz, la cara del cíclope era todavía más terrible y monstruosa. La sangre seca le cubría el rostro, manchando su nariz, tiñendo sus dientes de rojo, que ahora parecían más grandes y letales. Sin embargo, su cuerpo decía otra cosa. Tras volver a colocar la gran piedra, se sentó en un banco tallado en la pared, encogido, se llevó las manos a la cara y comenzó a rumiar para sí mismo una jerigonza sin sentido:

                “Mis hermanos no me creen. Me llaman estúpido, o loco. >> ¿Quién te ha herido, Polifemo? Dínoslo y lo devoraremos crudo. Esta tarde sus huesos se blanquearán en las aguas de nuestro padre para toda la eternidad. >>Nadie me ha cegado, les respondo yo. Y se echan a reír. >>Si Nadie te ha hecho mal, ¿te lo has causado tú solo y eres todavía más idiota de lo que pensábamos? >>Y siguen burlándose de mí, sin compadecerse de su propio hermano. ¿Qué voy a hacer? Sólo me quedáis vosotras, ovejitas. Vosotras seréis testigos de mi venganza. Preparaos para salir a pastar mientras yo busco a ese traidor llamado Nadie y a sus hombres.”

                Era la señal convenida. Polifemo, ciego, dejó una pequeña rendija en la puerta, lo suficientemente grande para que pasaran las ovejas de una en una. Conforme pasaban, el cíclope deslizaba una mano sobre su lomo, para asegurarse de que salían todas. Pero lo que el Polifemo ignoraba era que Odiseo había atado a sus hombres al vientre de las bestias, bien sujetos a las crecidas lanas con cinchas al cuello y los cuartos traseros. El rey de Ítaca se había amarrado al más grande de todos, el último en salir. Mientras contemplaba como sus compañeros salían de la cueva, Odiseo no pudo evitar sonreír. La razón siempre era más poderosa que la fuerza bruta. Cuando su carnero pasó junto al cíclope, el gigante se entretuvo un poco más de lo normal.

                – ¿Qué te pasa? Hoy vas más lento que de costumbre, y tienes las lanas ajadas. Le pediré a Febos que te esquile, ahora que yo ya no puedo -y le dio una palmada en el culo.

                Odiseo suspiró en silencio. Por un instante pensó que Polifemo había detectado su artimaña, pero la luz del exterior le anunció una nueva victoria. Antes de una clepsidra sus hombres y él estarían de nuevo en el barco, rumbo a Ítaca, a su palacio, junto a su Penélope y su pequeño Telémaco, que ya sería un adolescente preparado para instruirse en el arco y la lanza. El sol de la mañana le calentó los brazos, pero las sombras de los árboles cercanos a la boca de la cueva le impedían ver más allá de unos pasos.

                De repente, se vio elevado en los aires con una fuerza titánica. Sus piernas y sus brazos quedaron colgados del carnero a cuarenta pies de altura, desde la que Odiseo pudo contemplar la cicatriz sanguinolenta de Polifemo, que trataba de localizarle. Odiseo se mantuvo quieto. No podía verle. Era imposible. Mantuvo la respiración pese a la presión que sentía en el pecho. No podía apartar la mirada de aquel agujero negruzco, lleno de sangre reseca, donde antes brillaba el acuoso ojo negro del cíclope. Este seguía manteniendo al carnero en vilo, abriendo y cerrando las fosas nasales. Entonces, Odiseo, comprendió.

                Los aullidos de dolor de sus compañeros le obligaron a apartar la mirada. No los necesitaba para comprobar su derrota. La sombra de media docena de cíclopes le ocultó por completo a la perdición de Ícaro. El sonido de huesos triturados le brindó la imagen de sus compañeros devorados. El olor a sangre le recordó la guerra, esa a la que nunca volvería.

                Polifemo le había ganado la batalla. Le había tendido una trampa perfecta, dejándole creer que se había rendido. Y Odiseo, el astuto Odiseo, había caído en ella. La nariz de Polifemo se ensanchó una vez más. Quizá no podía verle, pero sin duda podía olerle tan bien como si aún tuviera su único ojo. El cíclope abrió sus fauces en una sonrisa malévola, enseñándole sus dientes ensangrentados. Por un momento, le pareció que el agujero de su ojo podía verle con una mirada pícara. El rey de Ítaca cerró los suyos y se despidió para siempre de su patria.

Manuel Custodio Gimeno

11/08/2020

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