adragón, una ópera accesible y reivindicativa

Rara vez la vida te sorprende. Y si hablamos de un espectáculo dirigido a los niños, los adultos sólo podemos esperar nuestra ración de chistes blancos, canciones de rima fácil, slapstick de pedorretas, juegos de confusión y humor fácil, mientras miramos el reloj (móviles apagados, por favor) haciendo cálculos sobre el vermú o la merienda. Por eso, cuando nos fuimos los cuatro en la tarde de San Jorge a ver Adragón al Teatro de las Esquinas, no deseaba otra cosa más que fuera corta la nueva versión de San Jorge y el Dragón.

Pero, ¡oh, sorpresa! la representación de la compañía aragonesa MikrÓpera es otra cosa. Sólo se parece a otras formas de teatro infantil a la interactividad con el público, y aún así, en dosis muy pequeñas, las suficientes para despertar a los niños que no comprenden muy bien a esa dragona llamada Ara, lo que simboliza y lo que nos quiere contar. Es la perspectiva infantil la que te lleva al teatro, y por tanto no podremos escapar de ese buenismo apto para todos los públicos. Los malos son malos, pero no crueles. Y los buenos, para no parecer tan tontos de buenos, esgrimen un humor somarda que sólo los adultos captan de primeras. En ese plano, Adragón funciona como cualquier otro espectáculo.

Pero Adragón es más. Nos alejaremos de esas canciones banales sobre burritos que trabajan mucho o tortugas que quieren llegar las primeras para sumergirnos en la lírica con letras mayúsculas. Los cantantes de Mikrópera son artistas; Zelia Lanaspa, Carolina Narváez, Ángel Baile y David Pellejer interpretan, tocan y cantan, en un tono jocoso y divertido, muy similar al de La Flauta Mágica, jotas y romanzas aragonesas, dejando boquiabiertos a niños y padres, adaptando la letra a la historia, sin caer en baturrismos ni tierras nobles.

Y ahí aparece el tercer gran plano de Adragón, la reivindicación de una tierra, la aragonesa, escapando del victimismo, y proclamando de forma abierta su amor por ella, bandera incluida. ¿De qué va Adragón? De un par de jóvenes guerreros, Jota de Jorge y P de Pilar, y de la misión que recibe el primero por parte de los Oscuros Señores del Concejo de Zaragusta, recorrer todo Adragón para matar a Dragoné, el último dragón. Antaño, los dragones eran los consejeros de los gobernantes de Adragón, el símbolo del país, pero entonces llegaron los señores oscuros, asesinaron al Justicia, que era el interlocutor entre hombres y dragones, y proclamaron que los dragones eran enemigos de Adragón, y por tanto debían ser exterminados.

Pero las abuelas recuerdan aquellos tiempos en los que dragones y adragoneses eran hermanos, y ahí está el personaje de Ara, la dragona, la esposa de Dragoné, una muestra viviente de esa convivencia pacífica. Ella nos descubrirá la sabiduría de los dragones, será la consejera de los tres humanos; Hermes, el mensajero que nunca recibe cartas para sí mismo; Jota, el enamoradizo guerrero incapaz de matar una mosca; y Pe, no de princesa, pues ya lo reza la contraseña de los dragones: «En Adragón, antes leyes que reyes», la más avispada de este mosaico de fenotipos literarios.

Mi más sentida ovación a los artistas, la que de verdad se merecen…

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