«Altered carbon». El futuro ante nuestros ojos

“El cuerpo se deja atrás (se entierra o se incinera), y la mente, que nunca muere, viaja para conectarse con un nuevo cuerpo y comenzar una nueva vida. Por tanto, la muerte no es un punto final sino más bien una puerta hacia otra vida, aunque lo que pasa de una vida a la siguiente no es una identidad personal inmutable o un alma, sino más bien la corriente mental impersonal en constante cambio que transporta las huellas o impresiones kármicas de todo lo que hemos hecho en la vida. Estas impresiones determinan las experiencias que tendremos en el futuro.”
LAMA ZOPA RINPOCHÉ

Hace ya casi un par de años que Netflix nos sorprendió a todos con esta metáfora sobre el futuro de la humanidad, una distopía terrorífica en la que los seres humanos pueden aspirar a la inmortalidad intercambiando una y otra vez sus cuerpos envejecidos o deteriorados (sus fundas, «sleeves» en el argot de la serie), ya que su inteligencia, alma, entidad o como quieras llamarlo, se puede almacenar en pilas, «stacks», que se insertan en un compartimento de la cabeza, como si de un CD se tratara, en una versión mejorada de lo que vimos en el capítulo de San Junipero de «Black Mirror».

El sueño húmedo de todo filósofo griego, la dicotomía entre alma y cuerpo, reproducida aquí en un futuro oscuro y negro, más cerca de Blade Runner y Alien que de Star Wars. Es un futuro de megacorporaciones supraestatales, de pobres que no se pueden permitir comprar un cuerpo, y a los que la destrucción de su pila les representa la muerte real, esa que los «Mats» (abreviatura de Matusalén), la clase privilegiada que tiene ejércitos de clones disponibles y copias de seguridad de sus pilas por si alguien es capaz de penetrar en sus atalayas en las nubes, no conoce desde hace al menos 300 años. 

Es un mundo de clones, de intercambio de cuerpos e identidades, donde nunca puedes estar seguro de la persona con la que estás hablando, pues las fundas se repiten, se reutilizan, se copian. Es un futuro de criogenia e hibernación, donde el protagonista, Takeshi Kovacs, se despierta en un tanque de fluido mientras su clon crece hasta su edad anterior. Es un mundo de resistencias y protectorados, de policía represiva y guerrillas clandestinas, de mercados negros, de tráfico de influencias y personas, de políticos corruptos, de mafias y de muerte.

Los tres actores que interpretan a Kovacs

Pero también es una historia de amor. Netflix ha lanzado la segunda temporada hace unas semanas, y ha aprovechado esta tesitura para cambiar al actor que interpretaba a Kovacs. Es un buen recurso, que nos sirve para desconfiar de todos una y otra vez. Y es recuperar a su amor lo que busca el protagonista. Si la primera temporada Takeshi iba en busca de su identidad y su pasado, una vez que ha descubierto que el mundo en el que vivía se ha ido a la mierda, quiere recuperar lo poco bueno que tenía antes. Es el «leit motiv» de la humanidad, la nostalgia de que cualquier tiempo fue mejor, aunque ese pasado haya sido edulcorado y transformado hasta la saciedad, y que, quizá, aquello que encuentre no se parezca en nada a lo que estaba buscando.

No os contaré más. Si os gustó Blade Runner, esta serie representa un punto y aparte en la exhibición de un futuro mucho más posible que el que nos vende George Lucas. Lo vemos en el día a día, en el poder acumulado por esas megacorporaciones que presionan sobre los estados. Lo asumimos cuando damos por bueno que haya personas que tengan tanto dinero como el 1% de la población mundial. Lo inferimos al sospechar que la ciencia de la inmortalidad alcanzará a unos pocos privilegiados que puedan pagarla en sus hospitales privados y, por supuesto, se palpa en una globalización que nos sintetiza a todos en un único valor, el del dinero.

Muy recomendable.

Saludos

Manuel C.

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