Betaal, demonios y plagios

No todas las series que Netflix financia que provienen desde Asia son Kingdom. Y es mejor comprenderlo pronto, antes de que el catálogo se llene de serie Z, y no de zombi, sino de zozobra.

El estreno de esta producción india se ha visto con expectación por la misma razón que los argentinos triunfaban en Benidorm en los años 70, por el exotismo de sus localizaciones y su acento. Pero más allá de la fachada, Betaal no deja de ser un refrito de clásicos del terror occidental tamizados en un colador de Bollywood. Pero tenemos suerte, no cantan.

La he visto en inglés con subtítulos, ya que el acento latinoamericano en labios del reparto asiático acentuaba la cutrez de la producción, alejada del color del cine de Mumbai y centrada en ofrecernos un espectáculo anacrónico, un revival de demonios (zombis insisten en publicitar para que caigamos en el error de pensar que es otro Kingdom) que todos sabemos cómo va a acabar… o no.

Pero vamos con el argumento. Premio para el primero que acierte la película o películas a las que homenajea. Una malvada compañía quiere construir una carretera en una zona deprimida de la India. Para ello, debe atravesar un túnel cegado 150 años atrás, durante la dominación británica. Los aldeanos que viven al lado les niegan el paso, diciendo que el túnel está maldito y, si lo abren, una gran desgracia se abatirá sobre todos. ¿Qué hace la compañía? Correcto. Llama a la CPID, una especie de grupo paramilitar o cuerpo especial de la policía india, a repartir palos y despejar la zona. Los aldeanos se resisten y les advierten de lo que ocurrirá, pero el empresario Mudhalvan (que se lleva a su mujer y a su hija preadolescente Saanvi para ver la sangre, debe ser) fuerza la situación para que sea una masacre. Ya tenemos malo.

Con todo el mundo allí presente, abren el túnel y entran los operarios a despejar escombros, pero no salen. Después entra un grupo del CPID conducido por la comandante Tyagi, pero sólo regresan dos policías malheridos, casi muertos. Sirohi, el protagonista, decide entrar ante el miedo del resto de policías, y encuentra a la comandante en estado catatónico, cuando son atacados por unas extrañas criaturas. Exacto, son el brutal ejército británico al que los lugareños encerraron allí 160 años antes, y cuyo jefe, el terrible Coronel Lynedoch, invocó a un demonio de la montaña llamado Betaal para escapar de allí, convirtiéndolos en un ejército de demonios que obedecen fielmente al coronel. Y ahora está libre. Perseguidos por las criaturas, los supervivientes se refugian e un viejo barracón de los británicos a soportar el asedio.

A la izquierda Antonio Ozores caracterizado de zombi en «El liguero mágico». A la derecha los zombis de Betaal. Encuentra las 7 diferencias.

Betaal bebe de muchas fuentes. La principal es Demons, el film de Lamberto Bava. No solo por la iluminación artificial de los ojos, en Demons eran amarillos y aquí rojos. Hay una escena copiada directamente en la que se ve ascender por una colina al grupo de demonios, iluminados por detrás con una luz blanca y nebulosa que provoca que solo se distingan las siluetas y los ojos iluminados, rojos en este caso. También copia el asedio, aunque esto es consustancial al género desde La noche de los muertos vivientes, del maestro Romero.

Pero quizá hay otra influencia aún mayor, y es la de una poco reconocida película titulada Caballero del Diablo (1995), de la franquicia Creepshow. En ella, el portador de una reliquia escapa de un demonio  y sus acólitos, encerrándose en un hostal junto a los lugareños. Estos son asediados por el ejército de demonios, capaces de poseer el cuerpo de las personas del interior, creando un nuevo peligro para todos. Los demonios son capaces de hablar, y tienen una mente colmena, ya que todos dependen del Colector, el demonio que les dirige. Incluso son parecidos estéticamente, con ojos luminosos de color verde en esta ocasión. La reliquia, la llave, abre la puerta al infierno, y por eso no se detendrán hasta poseerla.

Más referencias. El uso en el primer capítulo (de los cuatro que tiene en total) de la cámara subjetiva en visión nocturna que tan famosa se ha hecho en el género mockumentary y en películas como REC. Tras la hecatombe las abandonan, como es lógico, pero en el primer capítulo es un abuso constante para mostrarnos a los demonios entre las sombras. También es destacable la inclusión de un sacrificio humano. Como cada vez es más difícil encontrar mujeres vírgenes, el guionista debió pensar que la inclusión de una niña «que no hubiera sangrado» no afectaría a la lógica interna de la serie, cuando a todas luces nos preguntamos una y otra vez qué pinta la joven Saanvi allí. Pues nada menos que la «reliquia»que justifica el asedio por parte de los demonios en vez de esparcirse por el mundo sin ataduras. Por último no quiero olvidarme de la escena de la posesión, de una ridiculez supina. Como si de un tebeo de Mortadelo y Filemón se tratara, uno de los personajes lee un libro donde se explica la historia y vemos como, mientras habla de los síntomas de la posesión, la víctima va mostrándolos uno a uno…

En fin. No es tan mala como la pinto. Tiene momentos de auténtico terror, supeditado a sustos, contraplanos, zonas oscuras y zonas alumbradas. Y otras de vergüenza ajena, donde los tamborileos de los casacas rojas no son las peores.

Para terminar, una reflexión. ¿Por qué en estas películas los parientes se empeñan en no ver la realidad? Tu hermano o tu primo tiene una pierna gangrenada, los ojos rojos y unos colmillos de tigre, y se acaba de merendar al extra de turno… ¿y tú sigues pensando que es normal, que sólo está enfermo y que con un poco de descanso y una pastilla se va a poner bien?

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