El coleccionista de esposas

Segunda historia. Cromo 86. La mantis.
 
Este relato está basado en un comic aparecido en Vampirella hace muchos muchos años, uno que me apetecía versionar. Es un poco largo, pero se lee de un tirón. Que la disfrutéis.
 
El coleccionista de esposas, por Manuel CG
 
-Déjeme verla. Sólo una vez, por favor. Le daré el dinero que me pida.
La anciana miró con codicia el fajo de billetes que el hombre agitaba delante de sus ojos, pero sabía que no podía permitirle acceder a su hogar. Por otro lado, la muerte de su hija le había dejado sin ingresos, expuesta a una lenta ruina sin visos de cambiar. Y además estaba ella, tan vulnerable y necesitada de cuidados. ¿Qué mal podía causarle que la mirara a través de las cortinas, mientras jugueteaba de forma inocente con sus muñecas? Al fin y al cabo, apenas era una niña. De quince años, sí, pero su mente no se había desarrollado tan rápido como su cuerpo.
-Cinco minutos… y desde la puerta de su habitación. No haga ruido. No le hable. No respire. Ella no debe darse cuenta de su presencia -y agarró el dinero y se lo metió en un pliegue de su falda.
El hombre se quitó el sombrero y sonrió con malicia. Estaba acostumbrado a abrir muchas cerraduras de esta forma. Siguiendo a la anciana, atravesó un salón amplio, de muebles viejos, que no antiguos. La casa estaba ordenada y limpia, pero apenas tenía un arcaico teléfono de pulsos. Una moqueta floreada amortiguaba sus pasos. Esa casa era una mirada al pasado, justo lo que esperaba ver antes de contemplar la maravilla.
La anciana se giró de forma brusca y se llevó la mano a los labios.
-Recuerde. Silencio absoluto. Y no se le ocurra tomarle una fotografía con uno de esos teléfonos modernos, o se arrepentirá toda su vida.
Una sonrisa complaciente fue la única respuesta. Levantó las enguantadas manos como signo de inocencia y las bajó hasta el pecho en un juramento mudo. La mujer negó con la cabeza. Sabía que no era buena idea. Si la habían mantenido en secreto tanto tiempo era por un motivo muy concreto, y cualquier acción que la perturbara podría resultar letal. Sin embargo, abrió la puerta de forma muy lenta, arrancando un leve chirrido de los goznes, hasta que la estancia se iluminó y al fondo, oculta por la cama, se advirtió una silueta femenina de corta estatura.
La chica levantó la cabeza con curiosidad, pero se agachó para centrarse en sus juegos unos instantes después. El hombre se aproximó todo lo que pudo, metiendo la cabeza sobre el brazo opositor de la anciana que le bloqueaba el paso. Pero era suficiente. La leve luz que entraba por la ventana destruía las sombras del dormitorio, y pudo ver su rostro ovalado, dulce, aniñado, de pupilas verticales sobre esclerótica verde, como un cocodrilo asomado en el río a la espera de una presa desprevenida. Dos largos colmillos sobresalían de sus labios, una Carmilla pubescente que incitaba al deseo. Un largo manto cubría su cuerpo, ocultando sus formas femeninas. El hombre notó la excitación en sus miembros. No era lujuria, era el descubrimiento de un nuevo objeto para su colección.
-Ya basta -susurró la anciana. Y cerró con brusquedad la puerta y le empujó sin contemplaciones hacia el portal de la casa con la intención de que se fuera lo antes posible.
-No, no, espere, por favor -suplicó el desgarbado hombre. – ¿Podemos hablar? Necesito hablar con usted de ella.
-No hay nada que hablar. Quería verla y la ha visto. Ahora debe marcharse, por su bien.
-Pero ha sido muy poco, y no he visto sus… sus manos -farfulló con una mezcla de emoción y excitación.
-Ni las verá. No es parte del trato. Ahora váyase, por favor -y le golpeó con suavidad en la espalda para que traspasara el umbral de la puerta. Pero el hombre se mantuvo firme ante la desesperación de la anciana. Se giró y cerró la puerta detrás de sí, quedándose cara a cara con la mujer.
-Señora, he visto demasiados hogares en mi vida como para no comprender lo que usted está sufriendo. Se ha quedado sola con la niña, huérfana. Seguramente vivirán de su exigua pensión, con penalidades para llegar a fin de mes.
Pausó su discurso para contemplar las reacciones en la anciana, que bajó los ojos, avergonzada de su pobreza. Cuando supo que había acertado, continuó:
-Le dije en mi primera visita que soy un hombre muy adinerado. Puedo mantener a las dos para toda la vida en una mansión llena de opulencia y de caprichos. Yo mismo soy un hombre atado a los gustos caros. Soy un coleccionista nato. Cuando me entero de que hay una pieza excepcional a mi alcance, no retrocedo hasta conseguirla. Y la existencia de su nieta es una ocasión única. No me malinterprete. No vivirá en una celda o tras un expositor. Usted y ella, las dos, dispondrán de dos grandes habitaciones en mi casa de campo, con criados que atenderán todas sus peticiones.
– ¿Y a qué precio, señor? -replicó agridulce la anciana.
– ¿Precio? Ninguno. Colecciono esposas, no por lujuria, sino por curiosidad. Considero que el hombre debe vivir para experimentar nuevas sensaciones, y su nieta es un espécimen único. Hasta ahora me he casado con una mujer de tres ojos; otra con branquias bajo sus pechos; una tercera tiene la lengua bífida de una serpiente; y la cuarta es hermafrodita. Les ofrezco una vida sin preocupaciones a cambio de un matrimonio sin amor.
La anciana le miró con desprecio, casi con crueldad.
-No lo comprende. Váyase, por favor. Ahora.
El hombre miró por encima del hombre de la mujer y volvió a sonreír como un lobo al contemplar el cordero salirse del rebaño. Se dio la vuelta, lanzó una última mirada detrás de la anciana, dejó una tarjeta en el recibidor, abrió la puerta y se marchó.
La anciana se asomó a la mirilla para confirmar que, efectivamente, aquel hombre se había marchado. Un mohín de desesperanza asomó a su rostro agrietado, compungido por el dolor y la pena de la pérdida de su hija y la desgracia de su nieta. Una caricia rasposa le obligó a abrir los ojos de nuevo. La luz de su vida, el origen de su tragedia, la miraba lánguida y dulce a través de unos ojos fríos como los de un insecto.
-Abuela, ¿qué quería ese hombre? ¿Por qué me miraba desde la puerta? -susurró con una voz cálida, dulce, sinuosa.
-Nada, cariño. Sólo era un vendedor -replicó, y le acarició la mejilla.
-He oído que quería casarse conmigo. ¿No soy muy joven?
-Claro que lo eres, amor. Ahora vuelve a tu cuarto. Ahora te prepararé la cena antes de rezar tus oraciones y marcharte a la cama.
La anciana contempló los ojos de su nieta. La aterraban. Le hacían sentirse una oruga chiquitita que se acerca a su muerte. Pero no era culpa suya, sino de su padre y sus experimentos. Toda la culpa era de aquel malnacido que había destrozado la vida de los suyos. Más calmada, aseguró el cerrojo y se marchó al corral del fondo a buscar algo de comer.
*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
Los días pasaron sin noticias de aquel hombre monstruoso. La anciana había encontrado un trabajo por horas planchando camisas en una tintorería a dos manzanas de su casa, así que no dejaba mucho tiempo a solas a su nieta, que cada día estaba más alegre y atrevida. La adolescencia, pensó. Las hormonas no entienden de especies ni de encierros.
Una noche la descubrió mirando por la ventana. Pese al calor del verano, la obligaba a llevar siempre puesto el manto sobre los hombros. Desde el exterior nadie podía advertir sus ojos o sus colmillos, pero la simple visión de sus brazos y manos, podía atraer a más hombres como aquel.
– ¿Por qué no puedo ser como el resto de chicas e ir al instituto? -le preguntó sin llegar a mirarla.
-Ya lo sabes, cariño. Eres especial. Y si te juntaras con el resto de las chicas, sentirían que eres diferente, y acabarían haciéndote daño -y le besó en la mejilla.
– ¿Y los chicos? ¿Ellos también querrían hacerme daño? ¿cosas de mayores?
La anciana suspiró. De vez en cuando tenía que lidiar con los deseos de normalidad de su nieta, pero no era posible. Cansada, respondió sin calcular sus palabras:
-Ellos querrían hacerte cosas peores, niña. Llenarían tus cabezas con tonterías hasta conseguir meter sus manos bajo tu manto, pero ahí dentro -y golpeó con la punta de los dedos hasta el fondo de la tripa- sólo hay dolor. ¿De verdad quieres sentir el dolor? ¿No? Entonces ve a la cocina. Hoy te he traído algo especial.
La anciana se dio la vuelta para seguir con sus faenas, pero la niña volvió a replicar:
-Ese hombre quería casarse conmigo, abuela. Y creo que era sincero.
La anciana se giró con brusquedad. No esperaba volver a escuchar nada de aquel sujeto.
-Ningún hombre es sincero, niña. Sólo te harán daño, y tú a ellos. Olvídate de él -y le sostuvo la mirada con la intención de intimidarla, como cuando tenía ocho años. Pero la chica se la mantuvo. Sus profundos ojos negros parecían mirarla desde más allá de la nuca, y los colmillos sobresalían medio dedo más de lo normal.
-Hoy no cenarás. A la cama -ordenó la anciana.
-No. Tú no me mandas. Eres mi abuela, y yo soy una mujer libre, y he decidido casarme con John.
– ¿John?
Una tormenta de asociaciones mentales le vino a la cabeza en un instante. Sus ojos se inyectaron en sangre, y la única respuesta que pudo dar fue una bofetada en el rostro de su nieta. Esta la contempló sorprendida e indignada, pero mantuvo su mirada desafiante. La anciana le lanzó otra bofetada, pero esta vez la mano fue detenida por un brazo de color verdoso, acorazado, como el de un insecto gigante, rematado en unas enormes y letales pinzas cortantes.
-No te atrevas a responderme. Es por tu bien. Todo lo hago por tu bien -sollozó la anciana mientras contemplaba los ojos fríos de su nieta. Esta no dijo nada. Regresó a su habitación y cerró la puerta con rabia.
La anciana no pudo reprimir la tensión. Desde la muerte de su hija todo había salido mal. Pero no podía culparla a ella. Era parte de su instinto. Su parte animal. Y su misión en la vida hasta que el señor la reclamara en el cielo, era protegerla, y proteger a los demás de ella. Hasta ahora lo había conseguido, pero no sabía hasta cuando podría retenerla. Completamente destrozada, famélica, cansada, se arrojó sobre el sofá y se quedó dormida entre horribles pesadillas.
Cuando se despertó, la luz del sol entraba por todas las ventanas de la casa. Debía ser muy tarde. De forma instintiva se dirigió al cuarto de su nieta a consolarla y a hacer las paces por la pelea de la noche anterior. La claridad era total, y descubrió con horror que la cama estaba vacía, y sobre la colcha había una carta de su puño y letra:
“Querida abuela,
Siento lo de anoche. No era yo. Comprendo que haces muchos sacrificios por mí, pero eso se va a acabar. Me marcho a vivir con John, y nos casaremos hoy mismo. En cuanto esté instalada iré a buscarte para que te vengas a vivir con nosotros. Me siento muy feliz. Con amor, tu bichito.”
La anciana abrió los ojos con desesperación. No entendía como aquel hombre había conseguido derribar la muralla que había tejido en torno a su nieta, pero no había tiempo para lamentarse. Tenía que evitar esa boda como fuera. Entre sollozos recordó que había dejado su tarjeta en el recibidor. La encontró y se fijó en la dirección. Estaba en la otra punta de la ciudad. Aunque cogiera un taxi, es probable que la ceremonia ya se hubiera realizado. Salió disparada por la puerta, dejándola abierta, con el bolso en la mano.
Mientras el vehículo sorteaba el tráfico, la abuela comenzó a rezar y santiguarse. Ese hombre no comprendía, no sabía, no era capaz de contemplar todas las implicaciones de la especial genética de su nieta. Tenía razón en eso. Era muy especial. Su maldito yerno había sometido a unos experimentos de terapia génica a su única hija mientras estaba embarazada, y el resultado había sido que su querida nieta había nacido con los ojos, los colmillos y los brazos de una mantis religiosa. Pero no era solo eso. Mientras era una niña y permanecía calmada, su parte humana era más fuerte. Pero cuando se excitaba y montaba en cólera, su mitad mantis tomaba posesión de su mente y se volvía extremadamente peligrosa. Así había muerte su hija, a manos de su propia niña, degollada por un acceso frenético, un berrinche adolescente que había terminado en un charco de sangre. Por eso la mantenía oculta y encerrada, porque era un peligro para el mundo. Y ahora había salido.
El taxi se detuvo ante las puertas de una gran mansión. La mujer dejó un billete sobre el asiento y salió corriendo hacia las grandes puertas. Llamó, pero nadie contestaba. Rodeó la casa en busca de una puerta lateral, pero no tenía. Después de mucho insistir, un hombre estirado abrió y la miró con aire displicente.
-Por favor, déjeme pasar. Debo impedir esa boda.
El hombre se extrañó por su petición, pero se negó en redondo:
-Llega usted tarde. El señor se ha casado hace una hora con su nueva adquisición. De hecho -y sonrió con un tono lujurioso- hace unos instantes se han retirado a sus habitaciones. Parecían ansiosos por consumar el matrimonio.
La anciana no quiso replicar el tono lascivo de aquel lacayo. Miró hacia otro lado, como si buscara una salida, pero golpeó con todo su cuerpo en los genitales al siervo, que se dobló como un junco. De un empujón lo arrojó al suelo y penetró en la gran mansión.
Desorientada, comenzó a buscar las habitaciones. Nadie parecía vivir allí, hasta que un siseo, como el de una serpiente, contestó a sus gritos:
-No siga gritando. Él ya ha conseguido lo que quería, la inocencia de otra niña. Ha dejado de aullar hace un rato. Es muy escandaloso cuando alcanza el orgasmo.
La anciana contempló a su interlocutora. Era una mujer alta, hermosa, vestida con un jersey de lana muy ceñido y unos enormes ojos azules. De su boca colgaba sibilante una lengua de serpiente. Una de sus mujeres, pensó.
-Por favor, es muy importante. ¿Dónde están ahora?
La mujer le señaló una puerta al fondo del pasillo, desinteresada. La anciana corrió mientras ordenaba sus pensamientos. Repasó las palabras de la mujer serpiente. El hombre había aullado tras el orgasmo, y después se había callado. Horrorizada, recordó una vieja leyenda que le había contado su padre mientras paseaban por el campo y habían encontrado el cadáver de una mantis religiosa. “Recuerda, hija. Las mantis religiosas se aparean con el macho una única vez. Una vez terminado el coito y fecundados los huevos, aún ensamblados, la hembra le arranca la cabeza al macho y lo devora para asegurar la nutrición de sus futuros hijos”.
Cuando la anciana abrió la puerta, tuvo que retirar la mirada. Porque allí, entre sábanas de algodón, bajo doseles de lino, desnuda, todavía montada a horcajadas sobre el cuerpo decapitado de su marido, su querida niña, su nieta, su bichito, masticaba con fruición un ojo colgante de la cabeza del macho.
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