«El hoyo» que se avecina

<<En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que voy a dejarme atrapar. Ya está. La cosa gris acaba de aparecer en el espejo. Me acerco y la miro; ya no puedo irme. Es el reflejo de mi rostro. A menudo en estos días perdidos, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío, no. Ni siquiera puedo decidir si es lindo o feo. Pienso que es feo, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí mismo me choca que puedan atribuirle cualidades de ese tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un bloque de piedra.>>


Jean Paul SartreLa naúsea

De inicio, la opera prima de Galder Gaztelu-Urrutia es un tiro entre los ojos. Dos hombres en una celda, nivel 48. En el centro de la misma, un agujero sin fondo, arriba y abajo, que permite ver a otros reclusos que están situados en celdas idénticas a la suya, por encima y por debajo. El protagonista, Goreng (un Iván Massagué en el polo opuesto a su esperpéntico «Gym Tony») tiene una tensa conversación con Trimagasi (el tierno abuelo de «Estoy vivo»), su compañero de celda, que le explica las leyes de «El hoyo». La comida baja por una plataforma una vez al día desde los pisos superiores, y los de abajo sólo tienen para comer lo que les dejan los prisioneros de las celdas superiores. Si intentas guardar comida, la celda se calienta o se enfría para matarte hasta que te deshaces de ella. Sin más.

Esta siniestra metáfora del capitalismo más salvaje contiene un mensaje muy directo. Los de arriba se quedan con todo lo que quieren, y los de abajo, dentro de su propia jerarquía, tienen que comerse las migajas del gran pastel. Puedes optar por aceptar e integrarte en el sistema, como hace Trimagasi (servidumbre con los de arriba, escupitajos y orines para los de abajo), o puedes intentar cambiarlo, la postura que adopta Goreng, negociando con unos y otros el racionamiento para que la solidaridad permita a todos alimentarse en unas condiciones mínimas.

No contaré más, pero la película no es agradable ni apta para gente sensible. Los parecidos con Cube de Vincenzo Natali (1997) son más que evidentes en el sentido de un espacio opresor y un juego de puzzle que obliga a los protagonistas a tomar decisiones. El motor del argumento es el cambio de nivel. Cada mes, los prisioneros son enviados a otros niveles de este Hoyo. El silogismo es evidente, si al nivel 48 llegan pocas sobras, ¿cuánta puede llegar al nivel 200? Ahí es donde aparece la truculencia y la ley de la selva. ¿Puede un ser humano vivir un mes sin comer?

Con estas premisas el guión no da más allá de un cortometraje -y esa es la apariencia real de este largo-, por eso necesita meter otras variables que meteoricen el nudo y le hagan avanzar hasta el final. Ahí aparece esa mujer misteriosa, Miharu, que mes a mes baja junto a la comida en busca de su hija pequeña; Imoguiri (una Antonia San Juan también irreconocible tras 12 años sin hacer cine), parte y acto de este molesto teatrillo; o Baharat, un aliado de Goreng, con el que intenta escapar del Hoyo. 

No quiero contaros más, ya que este tipo de películas comparten con los relatos cortos una característica innombrable; el final lo justifica todo. Y este es digno de un capítulo de Black Mirror. Si queréis verla, la tenéis en Netflix.

Saludos

Manuel

2 comentarios en ««El hoyo» que se avecina»

  1. Demasiado “explícita” para mi. De hecho, tras una escena (no voy a decir cuál por no hacer spoiler pero seguro que la imaginas) me planteé el seguir viéndola. Finalmente, la terminé y aunque la metáfora en la que se basa el argumento me resulta interesante en conjunto es too much incluso para alguien que trabaja en el ed. 20!
    Pd: Molan tus artículos!
    Pau.

  2. Es una de las cualidades de esta película, que en muchos momentos te dices: «que le den, no sigo», pero acabas terminándola. ¿Qué te pareció el final? ¿Decepcionante?

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