El ídolo perdido

Con El ídolo perdido comienzo el análisis de una de mis sagas favoritas, la del agente especial del FBI Pendergast, un hombre tan superlativo que, en algunos momentos, parece una parodia de sí mismo.

Publicada en 1995, fue la primera obra en común de los noveles Douglas Preston y Lincoln Child (Preston había editado la desigual Jennie el año anterior),y recogió el testigo de Michael Crichton como referentes del tecno-thriller.

La trama mezcla las máximas del género. Por un lado tenemos leyendas tribales, magia negra que habla de monstruos entre nosotros. Por otro, tenemos la trama científica por partida doble. Una es la manipulación genética para modificar los resultados que nos da la naturaleza, y por otro el papel de los museos como preservadores y patrocinadores de la investigación científica. 

Tenemos nuestras persecuciones, nuestro rompecabezas a resolver (en la novela las explicaciones del comportamiento de la planta y sus particulares necesidades nos sirven en bandeja el misterio, pero en la película, más semejante a Alien, no queda tan claro hasta el final), nuestra industria farmacéutica dispuesta a sacar tajada y borrar todo rastro después, nuestros intereses comerciales que prefieren la pérdida de vidas a las económicas, nuestros héroes, nuestras víctimas secuenciadas y nuestros cliffhangers.

El argumento: El doctor Whittlesey, antropólogo, viaja a Brasil en busca de una leyenda local, en Mbwun de los Kothoga, un dios lagarto. Desaparece en la jungla, pero un año después las cajas con el material que recogió en su expedición llegan al Museo de Historia Natural de New York. 

Tiempo después, justo cuando va a inaugurarse una gran exposición sobre las supersticiones y las leyendas cuya pieza principal es la estatuilla de Mbwun que envió Whittlesey, una serie de asesinatos en los sótanos del museo y que son achacados a un monstruo, provocan que el teniente de policía D’Agosta quiera cerrarlo y suspender la exposición, ante la negativa de los directores del museo y las autoridades de la ciudad.

Estos contratan a Smithback, un periodista sin escrúpulos del Times, para que favorezca la imagen del museo y se permita la exposición, mientras que la doctora Margo Green y el anciano profesor Frock investigan en los papeles de Whittlesey qué puede estar ocasionando los crímenes. 

Para ayudarles aparece un misterioso agente del FBI, Pendergast, que sigue el rastro de las cajas desde New Orleans, donde hubo asesinatos similares. Margo Green descubre que las cajas contenían unas plantas amazónicas con propiedades muy especiales, algo que el monstruo necesita y por lo que no parecerá detenerse. 

La serie de Pendergast es mi debilidad. La tensión se mantiene en todo momento. El lector sabe que hay una relación directa entre la expedición amazónica y el monstruo, salvaje, despiadado, sanguinario, pero no comprende cuál es ya que la trama tarda bastante en dar explicaciones. 

Conforme vemos que el hambre del monstruo es insaciable y nos sumergimos en las profundidades del Museo, descubrimos que alguien nos está engañando con la perspectivas, y los protagonistas se encaminan a una carnicería segura.

Entre los aspectos que más me gustaron de la novela figura el Efecto Calisto, el de la teoría de los superdepredadores, que postula que, regularmente, la naturaleza permite que surjan superdepredadores que equilibran las sobrepoblaciones de una determinada especie. Estos superdepredadores serían los causantes de algunas extinciones, y no dejarían rastro en el registro paleontológico debido a que su duración en el tiempo es exigua, ya que acaban en muy poco tiempo con la cadena alimenticia y se extinguen por inanición, al igual que los virus más letales como el ébola.

Pero el factor definitivo es Pendergast. Su aparición aquí es muy secundaria, aunque decisiva para averiguar qué es el monstruo y cómo vencerle. Como veremos más adelante, el agente del FBI tiene recursos casi ilimitados, y el Mbwun será el primero de sus grandes némesis a lo largo de estas casi veinte novelas en las que aparece.

El ídolo perdido, The Relic en el original, fue un gran éxito de ventas, y en el año 97 hicieron una versión para el cine que pierde toda la gracia de la novela con unas modificaciones importantes tales como la supresión del personaje de Pendergast, la apariencia del monstruo (lo de la película es una bestia gigante que no se parece en nada a la descripción que da la novela) y la trama, dejando casi todo el metraje en manos del teniente d’Agosta (Tom Sizemore) y la doctora Green (Penelope Ann Miller), en una persecución por túneles, sustos y oscuridad perseguidos por el monstruo, dejando de lado toda trama detectivesca, lo que seguramente impidió que se siguiera pasando a la pantalla grande la continuación de esta primera novela, El Relicario, que enlaza directamente con el final de El ídolo perdido.

Os recomiendo encarecidamente esta novela. Es muy entretenida, divulgativa, interesante, tiene un ritmo ágil, se lee de un tirón, y sobre todo, te deja con ganas de más.

Maqueta del Mbwun de la película The Relic (1997)
Tom Sizemore en The Relic (1997)
Douglas Preston y Lincoln Child

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