El infinito en un junco

«Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora.»

-Proverbio hindú-

El infinito en un junco… o la invención de los libros en el mundo antiguo.

Hay algo en este libro que no me termina de gustar. No, no digo que sea un mal libro. Esta historia del libro como objeto físico desde los primeros soportes en barro o piedra hasta los readers actuales es un deleite para los sentidos. Al igual que los historiadores británicos del XX, Irene Vallejo prioriza el entretenimiento y la divulgación sobre la didáctica y la erudición. Pero ahí comete un fallo. Irene Vallejo es filóloga, no historiadora, y comete el error natural del presentismo. 

El presentismo histórico, no el filosófico, suele darse en dos grandes líneas de conflicto. La primera es aquella que trata de trasladar el pensamiento contemporáneo al antiguo, justificando las decisiones y comportamientos desde un punto de vista moderno. Es un error muy común en la novela histórica, donde fenómenos recientes como el empoderamiento femenino, la igualdad de todas las personas o la justicia social se trasladan a épocas donde la mujer no tenía ningún poder de decisión sobre su propia vida y la palabra del noble tenía más valor que la de un campesino en un conflicto de intereseses.

La segunda línea es la determinista. Las conclusiones que se extraen del pasado no se analizan desde las condiciones de la época histórica, sino en función de cómo nos han llegado hasta nosotros. Es otra forma de idealizar el pasado, pero en vez de trasladar nuestros valores a la antigüedad, lo que hacemos es pensar que sus motivaciones vienen determinadas por lo que nos ha llegado. Esta forma de presentismo es el que tergiversa la historia para justificar derechos territoriales o dinásticos amparados en la sinonimia. Ejemplos claros son las figuras de o Chustizia d’Aragón, las primeras cortes medievales, la democracia ateniense o las revoluciones de finales del XVIII y XIX.

Los dos primeros ejemplos parten de la misma premisa, ambos nacieron como instituciones destinadas a regular la siempre difícil relación de la monarquía con la nobleza. El Justicia ejercía de moderador en los abundantes litigios entre el rey aragonés y sus vasallos, pero ha llegado a nosotros como una figura épica, un defensor del pueblo que lucha contra la desigualdades, sobre todo en Aragón a raíz de la invasión castellana de 1591, en la que se erigió como símbolo de la resistencia contra el forano. De igual modo, las Cortes medievales no eran un modelo de parlamentarismo en el que el pueblo estaba representado. Su única función era que el rey consiguiera el apoyo y financiación de sus nobles, y estos a cambio le sacaban algún privilegio añadido. Bastante parecido a nuestros modernos congresos de diputados, donde la nobleza y el clero han sido sustituidos por la alta burguesía, y el brazo de universidades por una intelligentsia cada vez más alejada de la realidad que representa, con la única diferencia de una ilusoria capacidad de voto dirigido desde las élites.

De igual modo tendemos a usar el presentismo con la vieja democracia ateniense, pero poca democracia había en un sistema cerrado a las mujeres, donde solo los ciudadanos de pleno derecho podían entrar en los sorteos para las magistraturas, y donde regularmente aparecían tiranos que acababan con las Asambleas por «el bien del pueblo». Su capacidad alegórica es lo que nos lleva a presentarla como un hito histórico, un intento de los griegos para una igualdad real, pero donde apenas había un tercio de la población con derecho a esa democracia. Y la gran mentira de las revoluciones del mundo contemporáneo. La Revolución francesa,ejemplo de libertad, igualdad y fraternidad, no fue otra cosa que el derrocamiento de la monarquía por parte de la rica burguesía francesa, que se aprovechó del campesinado francés para hacerle la guerra y erigirles como nuevos dueños de Francia, manteniendo la ilusión de que eran ellos los poseedores de la soberanía nacional, y no las élites económicas hambrientas de poder para modernizar los recursos del país y llenar sus bolsillos. 

Todos estos ejemplos nos demuestran que el mundo antiguo no se regulaba buscando el bienestar de todos sus ciudadanos y la mejora de las condiciones del pueblo, sino en beneficio de unas élites que lo utilizaban para perpetuar su propio poder. 

Y sí, podéis leer El infinito en un junco sin miedo a perder el tiempo. Os absorberá durante tres o cuatro horas, dejará un poso de erudición en vuestras cabezas y podréis seguir con vuestras vidas como si nada hubiera ocurrido en el ínterin.

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