El primer zombi

“Cuando los muertos echan a andar, ¿para qué obstinarse en matarlos? No hay forma de vencerlos.” 

Zombi (1978)

Estoy releyendo estos días la excelente antología sobre la historia del zombi de Jesús Palacios, seguramente una de las personas que más saben de cine y terror, publicada hace ya diez años por Valdemar en su no menos imprescindible colección Gótica. Y digo releyendo porque, pese a que es la primera vez que cae en mis manos, no hay texto o cuento incluido en ella que no hubiera leído antes.

Los que me conocéis sabéis de mi afición al género. Fui carne de videoclub y sus casposas películas que siguieron al boom romeriano, desde la ácidas y divertidas como «La divertida noche de los zombis», «Reanimator» o «Braindead» a otras que es mejor ni mencionar, no sea que algún bot perverso comience a sugerirme que la vea merced al espionaje intensivo al que Google nos somete. El comic y la serie de Walking Dead supuso un repunte de estos muertos vivientes y, sobre todo, de la literatura de zombis gracias al impagable esfuerzo de la Editorial Dolmen y su Línea Z iniciada con Manel Loureiro y su «Apocalipsis Z» y mejorada por Carlos Sisí y su saga de Caminantes.

Si pensamos en zombis, a todo el mundo se le viene a la cabeza el de Romero de «La noche de los Muertos Vivientes», lento, salido de la tumba, o el del Thriller de Michael Jackson, cadavérico y bailón. Los más modernos los harán correr, como se vio en «28 días después» (aunque esos eran infectados, no confundir con muertos o endemoniados) o en la más moderna y desaprovechada versión de «Guerra Mundial Z», donde parecían una marabunta saliendo del hormiguero.

Sin embargo, para mi generación, cuando escuchábamos la palabra zombi, la primera imagen que nos venía a la mente no eran los de Romero, pese a su fama. Para nosotros un zombi era la víctima del vudú haitiano, un muerto levantado a la fuerza de la tumba para obedecer al bokor que lo había embrujado y se sometía a todas sus órdenes. Era un hombre negro, de ojos fijos, sin alma, de gran estatura, el equivalente al golem judío de Centroeuropa. Y eso era así por dos películas de los años 30 y 40 que definieron, hasta la llegada de Romero en el 68, el género. La primera de ellas fue «La legión de los hombres sin alma» (White Zombie, 1932) de los Hermanos Halperin. Basada en el libro de Seabrook sobre Haití, y aprovechando el tirón de Bela Lugosi, que había estrenado el año anterior el «Drácula» de Browning. Pero sobre todo fue la segunda, del genial Jean Jacques Tourneur, que filmó en 1943 «Yo anduve con un zombie», donde el imaginario vudú y la visión clásica del zombi se impuso en Occidente. 

Estaba tan mimetizado e interiorizado esta idea del vudú y del zombi, que sus rituales aparecían en películas, series y libros, incluso en los dibujos animados que absorbían a los niños las mañanas de los sábados. No era rara la imagen de la muñeca vudú atravesada por alfileres, los mismos que sentía la niña a la que le habían robado unos pelos de la cabeza, unas gotas de sangre o simplemente una prenda de vestir. El zombi que andaba como un Frankenstein con los brazos proyectados hacia adelante y que obedecía fielmente las órdenes del que le había hechizado era otro de los temas redundantes de las series de animación. ¿Y cómo no? La icónica imagen del Baron Samedi, el loa de la muerte… y de la resurrección como un zombi. 

Y todo esto es lo que nos trae a la mente este «La plaga de los zombis y otros muertos vivientes», una antología por orden cronológico de la historia literaria del zombi. Desde la crónica de William B. Seabrook sobre Haití en «La isla mágica», al pulp de los cómics de los años 30 y 40, cuando comenzó a cambiar a una forma más pestilente, una mezcla de momia y Frankenstein, a relatos que ya toman como referente la obra de George A. Romero. Un documento imprescindible para conocer la evolución de este monstruo, que se ha ganado su sitio en el panteón de los clásicos.

Saludos

Manuel C.

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