El relicario (Pendergast 2)

Debo reconocer que tengo una extraña relación amor/odio con la segunda novela de la saga Pendergast. La cogí con mucha emoción, pero no la disfruté tanto como yo hubiera deseado por un pequeño detalle. Aunque es la continuación de El ídolo perdido (tal cual, se pueden leer seguidas), antes me leí Los asesinatos de Manhattan y Naturaleza muerta, el tercer y cuarto tomo de la saga, lo cual me proporcionó un buen catálogo de spoilers.

Las novelas de Preston y Child funcionan así. Se retroalimentan de historias pasadas, hacen continuas alusiones a personajes y hechos de obras anteriores y no se toman la molestia de explicar quienes son. Si os queréis sumergir en el mundo Pendergast, para disfrutarlo plenamente debéis leerlos en orden.

El relicario (Reliquary, 1997) para diferenciarlo de Relic (1995) comienza donde lo deja la primera. Un año después, más o menos, el tiempo necesario para justificar las maniobras de un personaje muy secundario en la primera novela, y que en esta se convierte en el principal antagonista de los protagonistas. La sinopsis oficial es esta:

«Cuando la policía encuentra dos esqueletos unidos en un óseo abrazo en un río de Manhattan, Margo Green, conservadora del Museo de Historia Natural de Nueva York, es invitada a colaborar en la investigación, no sólo por sus conocimientos antropológicos sino por su experiencia el año anterior en el enfrentamiento con una horrenda bestia que andaba suelta por los sótanos del museo. Los esqueletos presentan señales de violencia y unas grotescas anormalidades que apuntan a una sola cosa: el despertar de una pesadilla dormida. Al misterio de los esqueletos se suma una serie de brutales crímenes. Con la ayuda de un teniente de policía, un enigmático agente del F.B.I. y un eminente científico, Margo indaga el origen de los asesinatos. La investigación los llevará a un pavoroso laberinto de túneles, cloacas y galerías horadado bajo Manhattan, donde se revela por fin el verdadero secreto de la Bestia del Museo.»

El éxito de la primera entrega, la producción de la película y las múltiples posibilidades de desarrollo de un personaje tan bueno como el de Pendergast, propiciaron que Douglas Preston y Lincoln Child se pusieran manos a la obra y clonaran la idea de la primera novela cambiando el marco donde transcurren los hechos, de las lóbregas salas y estrechos pasillos de los subsuelos del Museo de Historia Natural de New York a la red de túneles y alcantarillas de Manhattan, manteniendo al enemigo y dándole más fuerza como lo hizo Alien, metiendo más Mbwun, pero de menor tamaño y peligrosidad. 

Otro tanto ocurre con los protagonistas. Margo Green parece ser la principal en su rol de científica investigadora, ayudada por Frock, el anciano profesor en silla de ruedas; el teniente D’Agosta como inspector del caso; el periodista Smithback como ingrediente cómico, elemento turbio en el equipo e interés amoroso; y Pendergast revelándose como el principal descubridor de los asesinatos y alma de la novela.

No están claros los motivos por los que Preston y Child copiaron de forma tan clamorosa la fórmula de El ídolo perdido. Tras su escritura, continuaron su colaboración con una de sus novelas paralelas, Mount Dragon (1995), aquí editada bajo el título de Nivel 5, donde incidían en la manipulación genética. El repentino éxito de El ídolo perdido sin duda les obligó a continuarla para que coincidiera con el estreno de la película del 97 y aprovechar el tirón, y aplicaron el criterio de no salirse del guión.

La novela es tan buena como la primera parte, ahondando en los intereses económicos por encima de los científicos y la creación del primer «mad doctor» de los muchos que circularán por el Universo Pendergast, pero el fracaso del film condenó en gran medida el proyecto. Tras esta obra, Preston y Child publicaron otra novela de aventuras ambientada en el tesoro de la isla del Roble, ajena por completo a las tramas y personajes de Relic titulada El pozo de la muerte (Riptide, 1998), y plagiaron su propio personaje de Margo Green con la creación de otra conservadora del Museo de Historia Natural de New York llamada Nora Kelly y la expedición que dirige a La ciudad sagrada de los anasazi (1999) donde incluso recuperan al personaje de Smithback. No será hasta el año 2002 cuando vuelvan a rescatar a Pendergast de su encierro con Los asesinatos de Manhattan.

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