El último baile

Por fin he terminado este insufrible auto homenaje de Michael Jordan. Los que pretendía ser una loa a su capacidad de liderazgo, trabajo y talento, ha terminado por mostrarnos a un Jordan presuntuoso, mezquino y agresivo con sus compañeros, mal perdedor, rencoroso, con problema de adicción al juego, mentiroso y chulesco hasta el punto de no hablarse con casi nadie de su pasado.

Aviso. Soy seguidor de los Jazz. Muy fan de los Jazz. Durante años Jordan fue el Anticristo, la bestia que temporada a temporada nos terminaba ganando con tiros imposibles y las felicitaciones y endiosamiento por parte de todo el mundo del baloncesto. Si durante años le hicisteis creer que era Dios, ¿cómo os extrañáis ahora de que se comporte como tal?

Aunque el último baile, The Last Dance, se refiere en concreto a la última temporada de Jordan tras su primer retiro, la 97-98, que terminó con su sexto campeonato, el segundo consecutivo contra los Jazz, en realidad es un serie documental sobre la carrera de Michael Jordan. Para ello, Jason Heir, el director, utiliza los mismos trucos que usan otras grandes series como Crímenes imperfectos o Tiger King, es decir, continuos cliffhanger metiendo flashbacks; dramatizando el estado de forma para ensalzar más las victorias («estuve toda la noche vomitando, no podía ni andar, pero metí 50 puntos»); presentando a Jordan como un hombre hecho a sí mismo que, a base de perseverancia y trabajo, acaba dominando la NBA. Vamos, lo que viene  a ser un panegírico al de North Carolina, aspecto nada desdeñable ya que el propio Jordan autorizó la serie y dio el visto bueno a cada una de las imágenes que en él aparecen.

Lo que todavía dice mucho menos a favor del 23. En The Last Dance sale mal parado, y aún así, da el visto bueno a su emisión, demostrando que, o bien le da absolutamente lo mismo lo que opinen de él porque está más allá del mundo; bien cree que machacar a sus compañeros, ridiculizar a muertos, reírse de rivales son aspectos positivos de su personalidad; bien porque está a punto de morirse y le importa todo un bledo.

Quizá es un documental destinado al público norteamericano, una sociedad donde el perfeccionismo extremo y la competitividad aún a costa de reventar al prójimo son dos características vistas con buenos ojos. Pero para el resto del mundo creo que no.

Para comprender las motivaciones de Jordan hay que ponerse en situación, y esa no es otra que un tremendo complejo de inferioridad respecto a los gurús del baloncesto en los 80, especialmente Magic Johnson y Larry Bird. Como buenos capitanes a posteriori, sus seis anillos nos dan una perspectiva muy diferente de su trayectoria, como de la personalidad de Rodman. 

A finales de los 80, Dennis Rodman era el menos Bad Boy de los Pistons. La imagen que tenía el público de él era la seriedad, el trabajo de equipo, la defensa, el rebote, el sacrificio. Rodman era el jugador que todo entrenador quería tener en su equipo, el buen chico. Un poco como Pippen en los 90 pero con menos talento y más físico. ¿Qué imagen nos ha quedado de él?

A Jordan le pasaba algo parecido. A finales de los 80 era un superanotador, un especialista en mates, pero líder de un equipo perdedor. Había una coletilla que se repetía cada vez que hablábamos de Jordan. «Jamás será tan bueno como Magic o Bird porque estos hacen buenos a sus compañeros, y Jordan sólo quiere destacar él». Esta frase no es mía. Era un pensamiento común en los mentideros baloncestísticos. Quizá la gran baza de Jordan fue cambiar esta dinámica. A excepción de Phil Jackson, el triángulo ofensivo de Tex Winters y la progresión de Pippen y Grant, apenas hay diferencia entre los Bulls del 88 y los del 91. Jordan también quiso hacer mejores a sus compañeros, pero en vez de usar su talento para dejar buenos tiros a los demás, corregir su defensa con ayudas o animándoles a perseverar, Jordan decidió hacer bueno a Louis Gosset Jr. en Oficial y caballero y exprimir a sus compañeros para sacar lo mejor que tenían, a costa de dejarlos secos y enfadados con él. Los resultados le dieron la razón; pero no siempre el fin justifica los medios.

De todas formas, una visión tan parcial de Jordan siempre suscitará controversia. Tendrá defensores a ultranza que justificarán su egocentrismo, sus ataques despiadadas a Jerry Krause (ojo, el creador de los Bulls ganadores, al que tratan como si fuera el chico de los recados que se hubiera encontrado con la gallina de los huevos de oro, y que murió hace tres años); sus mensajes a posteriori totalmente tendenciosos e increíbles («hubiera seguido jugando para los Bulls en el 98 si me lo hubieran pedido»); incluso los que lo vean como lo que realmente es, un jugador muy competitivo, y no quieran darle más importancia de la que él mismo quiere darse. Karl Malone, que no quiso aparecer en el documental, concedió una entrevista hace unos años, y cuando le preguntaron por Jordan respondió: «él no era peor que otros, yo también soy un poco hijo de p… a veces». 

Quizá Jordan no ha desvelado nada que no supiéramos todos antes, y que las sucesivas oleadas de blanqueamiento por parte de sus firmas publicitarias y de la NBA no hubieran tapado con parches, al igual que hizo él con la bandera norteamericana en la entrega de medallas de Barcelona 92. En este documental hacen lo mismo. Pasan de puntillas por todo aquello que pueda enturbiar la imagen de un Jordan ganador y competitivo, como su problema con las apuestas y el juego, la muerte de su padre, la posible sanción encubierta de la NBA por las apuestas, y sólo lo muestran para demostrar su capacidad para salir airoso de todo lo que se le presente en medio. El endiosamiento de los 90 reproducido fielmente en el 2020.

¿Se puede ver? Sí. Es un placer ver imágenes de los 80 y 90, y ver los entresijos de los vestuarios. Es divertido ver como se esfuerza en ningunear a todo el mundo para demostrar que es el macho alfa. Como dicen a menudo los compañeros y rivales, todo el mundo le tenía miedo, Jordan era un matón, un abusón de patio de colegio, un chico que no sabe perder, y por eso te reta una y otra vez hasta que te gana, y luego se pasa el resto del año diciéndote que es mejor que tú. En su soberbia cae en el ridículo, como el emperador con su traje nuevo. Y es que este documental es eso, un traje a medida para Jordan que él cree que le sienta fenomenal, pero todo el mundo se da cuenta de que, bajo ese supuesto traje, en realidad Michael Jordan está desnudo.

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