Entelequias

«Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños»

-William Shakespeare-

La RAE define entelequia como una cosa irreal, una quimera, un objetivo inalcanzable. Pero no fue la RAE, sino Aristóteles, el forjador de este potente significado. Una entelequia es algo que tiene un fin en sí mismo, y trabaja siempre en base a conseguir llegar a ese objetivo, que es su esencia. La entelequia del fuego es consumir todo aquello que alcanza, y se esfuerza con denuedo. Pero el ser humano ha sido capaz de domar su entelequia para darle otros usos, limitando su finalidad.

En tiempos de inundaciones hay un tópico que se repite: «El río siempre encuentra su cauce», lo que justifica una venganza de la naturaleza contra el hombre que cambia los ecosistemas a su antojo. Pero el mal que genera el río no se debe a su entelequia, no es ese su fin, sino ser el hábitat de miles de especies que viven en sus aguas, se alimentan en sus riberas, y desovan en sus remansos.

La estupidez humana, en cambio, sí obedece a su entelequia. O eso parece en tiempos de pandemia, cuando la humanidad debería acogerse al principio de solidaridad para asegurar su entelequia, que no es otra que la supervivencia, el fin último de toda comunidad de seres vivos. Pero algunos han cambiado la orientación de este fin, y piensan como entes individuales en vez de miembros de una sociedad que debe trabajar de forma conjunta para superar la enfermedad.

Esos son los «listos», los que creen en una falsa superioridad sobre sus congéneres, los pillos, los «cuñadistas», aquellos que consiguen lo mismo pero a mitad de precio, los que sus coches consumen la mitad de carburante, que se jactan de moverse rápido y adelantarse a los demás, porque ellos lo valen, están hechos de otra pasta, son mejores. Y si la vergüenza les impide sacar todo su plumaje, se camuflan en la masa, «pero si lo hacen todos, no voy a ser yo el tonto que no se aproveche» extendiendo con su mecha de imbecilidad la llama de la enfermedad. 

Recuerdo las sonrisas de los primeros días de confinamiento. Los más optimistas proclamaban un tiempo de amor, de fraternalidad. Cuando acabe todo esto, seremos mejores personas. Pero no podemos luchar contra ese entelequia que nos hemos forjado. Somos estúpidos, y una vez que el lobo se aleja asustado por nuestra hoguera, pensamos que lo hemos dominado, y nuestra esencia nos impele a lanzarnos al bosque, a seguir cortando árboles para hacernos casas más grandes, muebles más ostentosos, para ser mejores que nuestro vecino, que no es tan listo como nosotros.

Lo siento. No se puede luchar contra la entelequia. Estamos condenados a la estupidez. Repetiremos errores, nos caeremos, nos volveremos a levantar, moriremos unos cuantos, pues así funcionan las entelequias naturales, si no luchas por ellas, te devoran. Quien no batalla de forma constante para conseguir su supervivencia, fracasa en su lucha por la vida y muere. 

Pero somos tan idiotas que hasta eso convertiremos en una jactancia. «Mueren porque son peores, no saben adaptarse, no han tomado medidas, la culpa es suya». Así es el ser humano, otro animal destinado a extinguirse. No será por el coronavirus. Lo hará la ignorancia.

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