Esta mierda me supera

«El conflicto entre la necesidad de pertenecer a un grupo y la necesidad de ser visto como único e individual es la lucha dominante de la adolescencia.» –Jeanne Elium

Hay algo en «Esta mierda me supera» que ya hemos visto en otras series de adolescentes. Hay chicas inadaptadas, hay diarios que caen en malas manos, hay bailes de fin de curso, hay amores imposibles, hay traiciones de taquilla, hay traumas, hay sexo, hay desencuentros, hay violencia doméstica… pero también hay superpoderes.

No sé si le estoy cogiendo el gusto a las series de adolescentes, pero lo cierto es que comencé esta por su trailer y su portada a lo Carrie. Sí, la escena de una chica acomplejada que descubre que tiene superpoderes corriendo completamente ensangrentada por la calle en medio de la noche, tiene el suficiente atractivo como para decirle a mi pulgar que deje de darle a la flecha y pulse Ok. 

Y lo cierto es que no defrauda. Como he dicho al principio, comparte trasfondos y temáticas con todo el universo de las series y películas de instituto. Aún más, los plagia/homenajea sin disimulo. Basada en el cómic de Charles Forsman (autor también de «The end of the fucking world», con la que comparte paleta de colores), nos entrega a una chica introvertida de 17 años, callada, ansiosa, sin amigos a excepción de Dina -a la que idolatra hasta límites más que obvios-, traumatizada por el suicidio de su padre, a la que se le junta el inicio de un diario que no quiere escribir -impuesto por la orientadora para que se centre-, el descubrimiento de que tiene poderes que no puede controlar -nada que ver con mutantes y otros marvelitas-, y el noviazgo de su amiga y confidente con el capitán del equipo de fútbol y héroe del colegio. ¿Qué puede salir mal?

Con un aire a película ochentera -tienen móviles, pero la estética, música, escenarios y temática no puede ser más de mi adorada Molly Ringwald- la protagonista Sydney, interpretada por la brillante Sophia Lillis, nos muestra paso a paso lo que es la adolescencia de los que no aparecen en el anuario. Y lo hace a golpe de «raptos», como argumentaba Darío Fo en «Muerte accidental de un anarquista»; brotes psicóticos, metáforas de una inocencia perdida a hostias, cuyos vaivenes hormonales van sacudiendo a todo aquel que se cruza en su camino, superando etapas a golpe de capítulo como aquel donde descubre su orientación sexual; o ese otro que es una copia directa del Club de los Cinco; o ese baile de final de curso que todos sabemos que va a acabar mal (¿se puede considerar un spoiler?) Afortunadamente todo se resuelve en unas tres horas (gracias Netflix, se agradece una serie de 7 capítulos y media hora por capítulo), ya que, como decía Baltasar «lo bueno, si breve, dos veces bueno». 

Sofia Bryant (Dina), Wyatt Oleff (Stanley) y Sophia Lillis (Sydney)

Pero no todo es bueno. Por raro que parezca, la trama de los poderes es secundaria. Es un motor de arranque que la lleva a girar en uno u otro sentido (una metáfora de las hormonas adolescentes), pero no esperéis trajes de licra, Umbrellas, The Boys o cualquier otro parabellum de superhéroes. Es más parecido a Carrie (silbidos al fondo de la sala) que a Flash; a Héroes o Daredevil (¿qué les hicieron a los guionistas de sus terceras temporadas?) que a Arrow. Y esto no es exactamente malo, pero sí te deja con ganas de saber más, es todo muy oscuro, muy de Dark (una serie alemana que vale mucho la pena si fuiste capaz de entender el final de Lost), o de Stranger Things.

Lo bueno, los secundarios. Algunos están ahí simplemente para que les revienten la cabeza -y todos sabemos sus nombres-; otros son contrapuntos necesarios, como el papel de Stanley, el vecino enamorado de Syd, al que todos vaticinamos el mismo éxito que los que invirtieron en el cigarrillo electrónico y las mamparas de fumadores en los bares. Pero Stan nos cae bien, porque todos hemos sido en algún momento de nuestra vida ese chico que haría cualquier cosa por esa persona especial. O Dina, a la que la cámara adora, en una clara suplantación del punto de vista de Syd, que sonríe embobada a su mejor amiga. Ella también nos cae bien. Es un fenotipo, el de la amiga perfecta, atleta, hermosa, inteligente y capaz de hacer lo que sea por el bienestar de sus amigos. Por supuesto hay un hermano pequeño, Liam, adorable, tierno, el que ata a la tierra a Syd con sus pequeños problemas infantiles, su campo de batalla. Y como en toda serie de instituto, desde Sensación de Vivir, están padres y profesores, arquetipos puros, los enrollados, los maltratadores, los ausentes, los vengativos, los severos, los idiotas y los que no merecen ni que le pongan nombre a su personaje,

En fin. Muy recomendable por su duración e intensidad. Os gustará a los que tenéis nostalgia de las series de instituto ochenteras; a los que os gusta Stephen King; a los que siempre os sentisteis el patito feo en el colegio; y a los que odiáis los happy ending. Y si os gustan, enhorabuena, el final apesta a segunda temporada. Quizá tengáis más suerte.

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