Kingdom, el reino de los zombis

«La corrupción del alma es más vergonzosa que la del cuerpo.»

Mario Vargas Vila

Cuando hace un año aproximadamente Netflix nos puso en bandeja esta serie surcoreana de zombis, algunos quisieron ver una auténtica revolución en el género. En su momento se nos ofreció como una apuesta diferente, con una fotografía cuidada hasta el más mínimo detalle, en consonancia con su ambientación histórica.

Ayer terminé la segunda temporada, y lo cierto es que continúa con la buena tónica de la primera, mezclando de forma hábil la historia medieval de Corea con una epidemia zombi, hasta el punto de que algunos visionarios la han llamado la Juego de Tronos coreana. Olvidadlo. No se parecen en nada. El argumento de Kingdom es lineal. Su protagonista en Chang Lee, heredero al trono, que ve como su padre fallecido ha sido revivido por el clan rival para apartarle del trono, y con ello desatan una epidemia de muertos vivientes. Por eso comienza un viaje por todo el país, investigando las causas de la enfermedad y luchando contra ella en un combate constante. Y mientras él lucha por la vida de su pueblo, el clan rival orquesta una conspiración para declararle traidor y ajusticiarlo. 

Los protagonistas de Kingdom. De izquierda a derecha, el jefe del ejército; una sanadora que aprende sobre la enfermedad; un cazador que se une al príncipe Chang; el guardaespaldas y amigo del príncipe; el príncipe Chang (en el centro); un funcionario de la corte; el jefe del clan rival; y su hija, la emperatriz que quiere alejar del trono a Chang.

Volvemos a encontrarnos con esos zombis rápidos, furiosos, desatados, saltarines y hambrientos. El maquillaje es sucio, y la sangre una constante. Con un final de la primera temporada que no resolvía ningún misterio salvo el origen de la enfermedad, en esta segunda la intriga política se vuelve fundamental, y la capacidad para aliarte con tus enemigos, una necesidad perentoria. El gran problema que le veo a Kingdom es la multiplicidad de frentes abiertos. No sé cómo lo llevará el resto del mundo occidental, pero los coreanos, vestidos todos con sus trajes arquetípicos, tocados con esos sombreros tan llamativos, y con nombres que no me atrevo a repetir salvo el del príncipe Chang, me lleva a la confusión respecto a quién está llevando cada trama. En una serie tan corta, temporadas de 6 capítulos y una hora por episodio, han abusado del detalle y burocratizado la maldad, haciéndonos pasar por todos y cada uno de los miembros de la jerarquía del reino de Corea, en vez de enfocar toda la atención en el jefe del clan Haewon Cho. Por un lado nos da sensación de profundidad, de calado de su mensaje, pero por otro nos vuelve locos para averiguar qué es un jefe de la comandancia real, quién es un guardián de la puerta del Palacio Real; quién es ministro de la guerra…

Otro aspecto atractivo de la serie es su capacidad para poner a los personajes en aprietos morales. En esta segunda temporada veremos emerger a una villana realmente mala, de las que no dan respiro, pero también veremos como enemigos irredentos cambian de parecer por atender a su propia filosofía de vida, incluido el propio príncipe Chang, que debe anteponer el bien de su pueblo al suyo en un acto de altruismo impensable en esa época. El gran pero de la serie es la elipsis final, un epílogo que sobraba, y que funciona como cliffhanger de la tercera temporada. Se me hizo largo como escena de enganche (dura 10 minutos), y además complica la mitología introducida en estas dos temporadas.

Saludos

Manuel C.

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