La cerillera y otros cuentos de terror

“En los cuentos infantiles, las princesas besan a los sapos, que se transforman en príncipes. En la vida real, las princesas besan a los príncipes, que se transforman en sapos.”

Paulo Coelho

La imagen acompaña. La niña, de mirada gélida, enigmática, bajo la nieve… y una cerilla encendida, la única barrera entre la vida y la muerte por congelamiento. Acojona a cualquiera. 

No sé si me ha resultado más difícil escribir esta entrada o encontrar una cita de Coelho que no me hiciera vomitar. Al final creo que he logrado las dos cosas -o eso espero cuando termine de redactar estas líneas.

No os llevéis a engaño. La cerillera de la que hablo no es una nueva versión de La Llorona, o de muñecas diabólicas, o de sociópatas de 40 años que parecen niñas de 10. La cerillera es el cuento clásico de Hans Christian Andersen, publicado en 1845, y que nos ha llegado intacto con toda su carga de tristeza, desesperación e impotencia. Una lectura intensa de este cuento te lleva a pensar qué coño estás haciendo con tu vida. Si no gritas de rabia y sientes una compasión irrefrenable hacia esa pequeña niña -que ves como se está muriendo sin que ella se dé cuenta- es que no tienes sangre en las venas, o eres un animal, pero no puedes seguir llamándote humano… aunque, ahora que lo pienso, diariamente desayunamos con hambrunas y muertes infantiles, y por muchos datos que leamos y muchas imágenes que veamos, nuestra cabeza se ha insensibilizado tanto que somos incapaces de sentir empatía. Incluso ahora, en tiempos de confinamiento y pandemia mundial, seguimos sin atrevernos a ponerle cara a las víctimas del COVID19. Sólo números. Los famosos que mueren se convierten en anécdotas, y los pocos nombres anónimos que saltan a las redes son simples homenajes de hijos, nietos y amigos que se niegan a aceptar que sus padres, abuelos, amigos son otro número más de esta locura sanitaria.

La pequeña cerillera no es una rara avis dentro de la literatura infantil. Antes de ser despedazados y reescritos por la moralina cristiana, los clásicos narraban historias mucho más turbulentas que sólo podemos vislumbrar en pequeños detalles. Perrault ya insinuaba violaciones de chicas dormidas; embarazos no deseados y padres que se desentienden de los vástagos, canibalismo… los hermanos Grimm endulzaron la mayor parte de las tradiciones orales que circulaban por Europa Central y las pusieron por escrito con la intención de no ofender a nadie, y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron. Pero Andersen, aún siendo coetáneo de los germanos, siempre otorgó un tono mucho más crítico a sus cuentos.

Por si alguno no conoce la historia -y no ha querido escuchar el audio de arriba- se la resumiré. De todos modos, os incluyo el enlace a la edición bilingüe, por si alguno quiere desengrasar su danés. Una pequeña niña vende cerillas el día de Nochevieja. Nieva y hace mucho frío, pero nadie le compra cerillas ni se fija en ella. Está muerta de hambre y casi congelada, así que se atreve a encender uno de los fósforos. En plena alucinación, ve una sala llena de comida y siente el calor en su cuerpo. Cuando se apaga la cerilla, necesita sentir esa vida mejor, y enciende otra. Esta vez ve un árbol de navidad, y una estrella fugaz en el cielo. Ella recuerda el dicho de su abuela, que es el alma de alguien que se está muriendo (spoiler muy gordo, o foreshadowing, que se diría ahora). En la siguiente cerilla ve a su abuela muerta, y le pide irse con ella. A estas alturas de la película, todos sabemos cómo acaba el cuento.

La lectura católica de este cuento no tiene desperdicio. Si la cerillera fuera monja tendríamos una docena de tesis explicando toda la simbología encerrada en esos diez párrafos, haciendo las delicias de filósofos y teólogos, que reconocerían la luz de las cerillas como ventanas abiertas al cielo, y divagarían sobre la única posibilidad de conocer la verdad de Dios. Nos hablarían de compasión, de ayudar al prójimo (como el audio del principio y su moralina), de la vida más allá de la muerte y de la necesidad de la limosna. 

Pero no está en mi ánimo tomar esta perspectiva. Para mí, la cerillera, siempre fue un cuento de terror en el que una niña inocente se ve impelida por su familia a trabajar vendiendo cerillas (no me jodas, cerillas, ni siquiera pañuelos en los semáforos). En la versión que leí de pequeño (los Miniclásicos) salía dibujada sin zapatos y en camisón mientras caía la nieve, y hay que ser muy cabrón para mandar a tu hija así a trabajar. El horror nace, no solo de la situación en sí, sino de la falta de atención y empatía que muestran los viandantes con la pobre niña. A nadie le importa. es invisible. Ni los que la ven desfallecer en medio de la nieve, ni los padres que no se preguntan cuándo volverá a casa. Es la crónica de una tragedia, una que vives cuando tienes 6 ó 7 años y sólo has leído cuentos con final feliz. Las chicas pobres se casan con príncipes; los patitos feos se convierten en cisnes; las bestias se vuelven hombres dulces, pero la cerillera muere, sola, por el frío, olvidada por todos en mitad de la calle. Y no me vale que cree en Dios y morirse es lo mejor que le podía pasar. Eso sólo funciona cuando te tragas esa parte de la moraleja, pero hay que ser muy perverso para martirizar a una pobre niña y encima pretender que le des las gracias por hacerlo.

Utilizando el mismo truco de Matthew McConaughey en la disertación final de «Tiempo para matar» (1996), imaginad por un momento esta escena en la realidad. Pensad en una calle del centro de vuestra ciudad, con las luces de Navidad iluminando hasta el último rincón. Hay mucha gente, todos van con prisa, ya que se acerca las campanadas y hay que llegar a casa para cenar ternasco y beber en abundancia. Vamos a hacer algo asumible. Pensad en una chica de unos 12 años, tirada en un rincón, vendiendo cualquier cosa inútil que nadie va a comprar. Hace un frío aterrador, nieva, y el cierzo corta la respiración. Le pide a la gente que le compre sus baratijas, pero nadie se digna a mirarla. Poco a poco las calles se van quedando vacías. Ella mira a la gente con sus caros paquetes del Corte Inglés, a otros niños de su edad, con sus abrigos recios, bien alimentados, que le miran de soslayo, pero con curiosidad… y ella se pregunta por qué ellos tienen vidas fáciles y ella, en cambio, tiene que salir a la calle a mendigar, pues su trabajo no es otra cosa que inspirar pena que haga sentir mal a la gente y se vea obligada a darle algo. Piensa en su propia casa, en el hambre, en los gritos, en los insultos, en los maltratos, o incluso en algo peor, algo que su incipiente adolescencia va a experimentar por las malas. Poco a poco la calle queda vacía. Siente horror a la idea de volver a casa con las manos vacías, pues sabe lo que le espera. Y allí, sentada, perdida en sus propios pensamientos, el frío la sorprende hasta que alguien descubre su cuerpo al día siguiente. Y ahora pensad que esa niña es alguien que conocéis muy bien, alguien cuya pérdida es irremplazable. Duele, ¿verdad? A mí, cuando era pequeño, también me dolió.

Otro día os hablaré de esos otros cuentos de terror, como el de la estatua del príncipe feliz y la golondrina o el soldadito de plomo. No aptos para espíritus sensibles.

Buen confinamiento.

Saludos

Manuel C.

2 comentarios en «La cerillera y otros cuentos de terror»

  1. Deseando tu disertación sobre el cuento de la estatua del Príncipe feliz y la golondrina…
    Es de mis preferidos!!
    😘😘

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