La construcción de una novela

«La construcción es la lengua materna del arquitecto; un arquitecto es un poeta que piensa y habla en el idioma de la construcción.»

-Auguste Perret-

Escribir una novela no es sencillo. No basta con tener una idea, un argumento más o menos válido, un par de giros que enganchen al lector y un final inesperado. La literatura es arte, y como tal, tiene alma, necesita una estructura que la mantenga, le dé sentido y ayude al lector, que es el consumidor de la obra, a digerir qué estamos ofreciéndole.

También es posible hacer una novela sin estos elementos. Consiste en comenzar a escribir lo primero que se te pase por la cabeza, unir esas tramas y ponerle un título a la altura, a ser posible alguna rima fácil o eslogan que facilite la publicidad de la obra. Y no, no voy a citar ejemplos.

Estos días estoy releyendo Drácula, del irlandés Bram Stoker. Más allá del mito vampírico, la seducción de la inmortalidad, la erótica del mordisco y el gusto por la sangre, uno de los motivos por el que esta novela se instituyó como referente del terror fue su particular estructura basada en diarios, telegramas, cartas, noticias en periódicos.

Stoker utilizó el mismo truco que hoy en día le ha dado el éxito a George R.R. Martin y Juego de Tronos y antes a tantas otras obras corales, darle voz, empatía y subjetividad a la historia contando la visión que cada personaje tiene de un elemento común, en este caso la aparición de un depredador proveniente de un mundo atávico, sin civilizar como eran las montañas de Transilvania a finales del XIX a la principal urbe del planeta en ese momento, Londres.

El protagonista es Drácula, pero jamás le da la voz. Como vimos en la novela de Saberhagen que reseñé hace unos meses (ver enlace), en ningún momento hay un diario, una carta, una reseña cuya autoría se pueda atribuir al vampiro. Todos hablan de él de forma directa o indirecta, y es a través de sus voces como reconstruimos la historia que Stoker nos quiere contar, somos nosotros mismos quienes escribimos la novela con los elementos que nos da el irlandés.

Eso le da un aura de misterio mayor, pues no hay mayor elemento de tensión que desconocer qué aspecto tiene el mal o cuáles son sus pensamientos. Lo sabe cualquier amante del terror. La apariencia real del monstruo no se enseña hasta bien avanzada la película; los ruidos, los susurros, las sombras que cruzan la pantalla a fondo mientras el protagonista pone cara de susto anticipan el miedo; la falta de información provoca que seamos nosotros mismos los que rellenemos los huecos con una dosis de truculencia mayor a la expuesta. 

Y a eso juega Drácula con su estructura de diarios, cartas y noticias. A dosificar la información, a mantenernos en vilo, desconocedores de la verdadera naturaleza de Drácula (ni Harker puede detallar en concreto cual es la amenaza real del conde, salvo que parece beber sangre, ha entregado un niño a las mujeres que desean su cuerpo, tiene poder sobre los lobos y le mantiene prisionero), dejando que sea el lector el que construya su imagen del monstruo, el cual, además, cambia de apariencia a lo largo del tiempo.

Sin lugar a dudas, es un buen motivo para revisitar esta obra maestra de la literatura, especialmente en estas noches de tormenta que invitan a la lectura.

Que la disfrutéis.

Saludos

Manuel

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