«La plaga» en tiempos modernos

Hace ocho años que no puedo decir que murió; solamente se borró un poco más que de costumbre, y cuando me volví a mirarla ya no estaba allí.

Mario CamusLa peste-

Imaginad el escenario. Un futuro cercano -dentro de unos 20-30 años-, la civilización occidental avanza tras sufrir una ola de pandemias, producidas por virus y bacterias desconocidas por los sistemas inmunológicos de la humanidad. La bioseguridad se ha extremado hasta el punto de que todos somos registrados y analizados para encontrar rastros de microorganismos peligrosos en nuestro cuerpo. Nada se escapa al control del gobierno, y la lucha contra las enfermedades es total. 

Una médica norteamericana que se tiene que reciclar a arqueóloga forense por el excesivo número de facultativos (ver para creer), tiene que realizar parte de su tesis en suelo británico, ya que debe realizar unas catas en antiguos suelos de Londres, inviolados desde hace 600 años. En uno de ellos, el propietario del terreno le dice que no puede cavar, que es muy peligroso, que es un guardián, pero la eficiente médica dice que pasa, así que se pone a picar por la noche y desentierra un trozo de tela donde hay un raro organismo que nadie sabe reconocer, ni por su forma, ni por el nombre que le dan las bases de datos, yersinia pestis. Ojo, yersinia pestis, peste bubónica, la enfermedad que acabó con media Europa en el siglo XIV. Y a ninguno de los cuatro científicos que la identifican -3 de ellos microbiólogos que trabajan a diario con malarias, viruelas, ébolas, fiebres hemorrágicas- les suena de nada. Y como trabajan en un laboratorio de Nivel 4, se marchan a tomar café sin guardar las muestras, dejando la puerta abierta, derramando por error otras bacterias replicadoras. A partir de ahí, ¿qué puede  salir mal?

Ann Benson publicó esta novela en 1997, en plena fiebre del techno-thriller y ese abominable subgénero que algunos tildaban de histórico y que se basaba en hacer dos narraciones; una en tiempo presente, y otra anclada en el pasado, uniendo ambas tramas por personajes u objetos comunes. En este caso la trama histórica nos la da un inquieto médico judío aragonés, de Alcañiz, para más señas que, curioso él, sólo se le ocurre desenterrar un cadáver y hacerle la autopsia para ver de qué se ha muerto. Le pillan, claro, pero como su padre tiene perras, consigue que lo destierren a Avignon, donde el médico del papa, sin pedir referencias ni nada más, le envía como médico personal de Eduardo III de Inglaterra para evitar que la corte Plantagenet caiga víctima de la peste que está asolando Europa. Allí sigue investigando cómo vencer a la enfermedad, y conocerá el amor, un clásico de este tipo de novelas. Poco a poco vamos descubriendo qué une la historia de este aragonés con los tiempos modernos (los capítulos de cada época son alternos), pero la trama no tiene más chicha que una nueva revisión de tópicos y estereotipos medievales.

Claro que es mucho más interesante que el argumento de la época moderna. Tras una serie de coincidencias que provoca la infección de varias personas, el dúo protagonista, la médica y su colega y viejo amigo con el que sabemos que va a tener un fornicio poco antes de que se acabe todo, comienzan una búsqueda/huida de otra científica, enferma de la peste, al descubrir el cadáver pestilente del jefe del chico en su apartamento, al que había acudido para inyectarle un par de antibióticos…porque, quizá os suene raro, pero la peste bubónica no aguantaría media docena de antibióticos de gama media hoy en día. 

Quizá, como científicos que trabajan para el gobierno en un laboratorio, si encuentran un cadáver con síntomas de estar infectado de una bacteria potencialmente letal, podían haber llamado a la policía y aumentar los recursos para encontrar a la enferma. Pero no, ellos deciden que se están jugando la reputación y la carrera de su amiga (porque lo de la vida no debe ser importante), que lo de una posible pandemia mundial es secundario, y sólo se les ocurre ir por ahí cortando manos y transportando cadáveres infectados al hombro (que la peste no es contagiosa, como todo el mundo sabe) hasta encontrarla en manos de una secta que, desde el principio, siempre ha estado ahí, para elaborar una cura de tipo homeopática a base de azufre y anticuerpos de apestado (disculpad los spoilers, pero no aconsejo su lectura).

Esta novela es la típica construcción forzada, donde cada elemento existe única y exclusivamente para que la historia le salga redonda. Y si para eso tiene que saltarse todas las leyes de la lógica, meter Deus ex machina como si el autor fuera Dios, y salpicarnos un poco de vómito y hemoglobina para parecer más humano, se hace y punto. 

Al principio se lee bien. Antes de comenzar los desvaríos, plantea un buen escenario. Me gustó la documentación de la base histórica. Hasta llamaba aragonés al judío, de forma muy correcta… para meter la pata al minuto siguiente llamándolo español de forma continua y con una sarta de topicazos muy anclados en la mente del norteamericano medio. La historia del judío es medianamente creíble, pero poco a poco el sentido de la historia se va perdiendo, y todo se convierte en un plagio de Noah Gordon. Y ya en Inglaterra su historia es directamente inverosímil. Pero la parte moderna es sencillamente absurda. No se pueden cometer acciones más desafortunadas en menos tiempo y con la preparación de los protagonistas, que se comportan como adolescentes que les han pillado fumando en el baño del instituto y tienen que deshacerse de la droga antes de que les pille el director; los miembros de la secta aparecen sólo para justificar la escapada; la policía es inepta hasta el punto de realizar controles donde se les pasa un apestado tirado en un carrito de la compra. Y así todo…

¿La recomendaría? Creo que no. Se deja leer -me ha costado-, pero no creo que aporte nada ni a la novela histórica, ni al techno-thriller, ni a la literatura médica (ya tenemos a Robin Cook). Sólo sirve para ver que, en tiempos pasados, estábamos peor.

Saludos

Manuel C.


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