Las dos mitades del ser humano

«No hay mayor tragedia que tener la misma intensidad, en una misma alma o en un hombre, del sentimiento intelectual y del sentimiento moral. Para que un hombre pueda ser distintiva y absolutamente moral, tiene que ser un poco estúpido. Para que un hombre pueda ser absolutamente intelectual, tiene que ser un poco inmoral. No sé qué juego o ironía de las cosas condena al hombre a la imposibilidad de que se dé esta dualidad tan grande.»

-Fernando Pessoa-

Robert Louis Stevenson (1850-1894)

Hay una novela a la que vuelvo regularmente. Es un cuento largo, una pesadilla que asaltó los sueños del creativo escritor escocés Robert Louis Stevenson una noche de fiebres mientras buscaba un motor para hablar de la dicotomía del ser humano. Cuenta su biografía que la escribió en tres días, en medio de una tormenta de inspiración (de la que tantos autores hablan), que se la dio a leer a su esposa y a continuación la destruyó, para volver a escribirla en otros tantos días y no ceder a la tentación de copiar una palabra. Luego tardó otro mes en corregirla, afinarla y dejarla a punto bajo el título de «El extraño caso del Dr. Jekyll & Mr. Hyde».

Es una lástima que nadie pueda afrontar su lectura de una manera virginal. La transformación del honorable y respetable doctor Jekyll en una criatura repugnante que genera asco y repulsa en su presencia, es un mito universal representado una y mil veces en el teatro, la televisión, el cine y cualquier medio que nos invite a explorar la maldad que en todos anida. 

Cuando te pones ante el papel y el eminente abogado Utterson comienza a relatarnos la historia de su amigo Jekyll y la extraña relación que tiene con un sujeto desalmado llamado Hyde (ocultar, en inglés), no podemos dejar de ignorar que los dos son la misma persona, y Hyde es sólo la cara B de la honradez del doctor. Es imposible. Todos conocemos la historia y, lamentablemente, resta el componente catártico a la resolución de la historia, del mismo modo que uno no puede ver Psicosis sabiendo quién se esconde detrás del cuchillo en la ducha ni El sexto sentido conocedor de la naturaleza de Bruce Willis, Rompe la magia.

Fredric March caracterizado de Hyde en la versión de 1931

No avanzaré más detalles de la trama puesto que es de sobras conocida. Unos se quedarán con la imagen del brebaje que transforma al doctor, de bueno a malo y viceversa; otros con la idea del científico loco que es víctima de su propia sed de conocimientos; los menos con un castigo moral o divino al hombre que quiere alcanzar cotas que no le están permitidas. Permitid que me centre entonces en el verdadero tema de esta novela, la motivación de Jekyll para querer convertirse en Hyde, pese a ser completamente consciente de su naturaleza perversa.

Lo dice de forma expresa en una de esas cartas llenas de confesiones. Siempre ha sido un hombre recto, honesto, pero también tiene otras necesidades; es veleidoso, sensual, disfruta de esos pequeños o grandes vicios que su posición en la rígida sociedad victoriana del Londres finisecular le niegan. Él libera a Hyde para sentirse plenamente humano. Hyde es todo lo que Jekyll quiere ser pero no se atreve. Hyde le permite vivir otra vida diferente, sin obligaciones, sin preocupaciones, obrando completamente a su antojo sin temer al castigo, ya que sólo tiene que dejar de tomar la poción para hacer desaparecer por completo a su alter ego. Esa posibilidad de ser inmune al castigo humano es una adicción para el médico, la adrenalina que le motiva.

Por eso, cuando se da cuenta de que ha ido demasiado lejos y debe matar a Hyde, su temperamento y estado anímico se deprime, como un síndrome de abstinencia. Se encierra, trata de compensar la maldad del asesino de su interior con buenas obras, pero ese yo interno que anhela el libre albedrío es muy fuerte. Una vez desatado, no puede reprimirse, y encuentra escape cuando el honorable doctor Jekyll está más débil, cuando duerme o se pierde en la vigilia.

Jekyll se engaña. Piensa que el monstruo es una parte de él que puede controlar, y en realidad es él, el doctor, el que debe ser sometido, y Hyde la verdadera personalidad de Jekyll, aunque la alteración de sus rasgos externos nos induzca a pensar lo contrario.

Stevenson creó la obra propiciatoria para el pastiche, un juego de equívocos que a lo largo de los años se ha reinterpretado de maneras dispares, pero siempre desde el punto de vista del honorable Jekyll, cuando en realidad, todos estamos más cerca de Hyde.

Si tenéis ganas de explorar más esta idea, echadle un ojo a la novela. Se lee en menos de una hora.

Saludos

Manuel C.

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