Los cuentos de terror y el cine

«Cuando ya no haya más sitio en el infierno, los muertos camináran por la Tierra» -Amanecer de los muertos (1978)-

Me he prometido a mi mismo no hablar del coronavirus. Suficiente está afectando a nuestras vidas en el presente -y lo que provocará en el futuro- para darle más protagonismo a un suceso que viene a demostrar la vulnerabilidad del ser humano frente a la naturaleza. Así que sigo con mis monstruos, mis libros y mis películas. Y hoy, la mezcla perfecta de ambos mundos.

«Los mejores relatos de terror llevados al cine» no es otra cosa que una antología de autores muertos cuyos derechos se han extinguido y por tanto los beneficios de la venta van íntegros al editor. Dicho así parece duro, pero el mercado literario es un negocio, aunque algunos no se lo terminan de creer, y si podemos eliminar del pastel el 8%-10% del autor, todo es más fácil. Si a esto le unimos el reclamo publicitario de las películas (promoción gratuita pagada por las productoras), lo raro es que no aparezcan antologías de este tipo cada 15 días.

Al turrón. Es un libro corto, demasiado quizás, pero bien construido. Tenemos un poco de todo, y quizá desigual, pero es un libro perfecto para sentir nostalgias inocuas y visualizar películas de tiempos antediluvianos. Comenzamos con Los Pájaros, escrita en 1952 por la británica Daphne Du Maurier, autora también de Rebeca. Algo le debe Hitchcock a esta mujer, digo yo. El argumento es de sobra conocido. En una pequeña localidad costera de Gran Bretaña, tras un cambio en el viento, los pájaros de toda raza comienzan a atacar de forma indiscriminada a los seres humanos. El granjero Nat se encierra con su familia en casa, esperando que las oleadas de aves pasen, pero lo cierto es que el ataque se convierte en un asedio del que no saben cómo escapar. Vaya. Otra vez se nos cuela la cuarentena en las lecturas.

Los pájaros actúan como avanzadilla de la naturaleza, y a través de la radio se dan todo tipo de hipótesis acerca de su conducta. Vienen en oleadas. Primero los pájaros pequeños, que se inmolan en los campos de cultivo. Luego las gaviotas, como un frente aéreo que llega desde el mar llenando de pavor a los hombres. La Naturaleza se venga de la humanidad, y los pájaros son su arma definitiva en un relato muy ameno donde Du Maurier sugiere mucho más de lo que nos cuenta desde el punto de vista reduccionista del granjero Nat.

La sirena de Ray Bradbury (1951) está introducido aquí con unas pinzas larguísimas y muy finas, casi etéreas. Si después de leerlo os pregunto qué película salió de esta experiencia onírica que habla de la soledad y la desesperanza frente al futuro, os puedo asegurar que lo sabría decir el 0.0001% de los lectores/cinéfagos. Este es un cuento íntimo sobre dos hombres que habitan en un faro, y uno le cuenta a otro que, cada cierto tiempo, una bestia prehistórica (un dinosaurio, vamos) sale del mar para contestar la sirena del faro que guía a los barcos, como si de una compañera fuera. Pero la adaptación fue un auténtico Godzilla titulado «El monstruo de tiempos remotos» (1953), donde un dinosaurio congelado en el Ártico se reactiva por las pruebas nucleares y comienza su paseo por la civilización destruyendo todo a su paso. El primitivo Godzilla se estrenó un año más tarde, y hasta aquí puedo contar.

Con más enjundia y más conocida es la versión que salió de la pluma de George Langelaan de «La Mosca» (1957). De hecho, es imposible no pensar en la perplejidad de Vincent Price en la brillante versión de Kurt Neumann del 58. En este sentido, cuento y película son muy similares, lo que te permite recrear con fotogramas una historia sobre los límites de la ciencia. El argumento es contado como un caso policíaco. Un científico es encontrado muerto en su laboratorio, con la cabeza y una mano aplastadas por una prensa hidráulica. Las sospechas recaen en su viuda, obsesionada con una mosca de cabeza blanca. A través de su confesión descubriremos que su marido estaba investigando el teletransporte, que había decidido experimentar con él mismo, y que una mosca se había cruzado de forma literal en su camino. Es muy sencillo de leer, entretenido, y el conocimiento de cómo acaba no le resta un ápice al placer de la lectura.

No es tan conocida la versión cinematográfica de «Los ladrones de cadáveres», del imprescindible Robert Louis Stevenson (1881). La RKO pudo aunar en la misma película homónima (1945) a dos monstruos de la interpretación y del cine de terror como eran Boris Karloff (Frankenstein, 1931) y Bela Lugosi (1931), los dos muy lejos ya de su pico de popularidad, bajo la dirección de un casi debutante Robert Wise (Ultimatum a la Tierra, 1951). Como en el caso de La Mosca, cuento y película son prácticamente análogos, y la buena interpretación y dirección nos ofrecieron una película suculenta, aguerrida, fuente de inspiración sin duda para el cine de la Hammer de una década después. La trama ha sido plagiada hasta la saciedad, y su giro final es tan recurrente que no esperas otra cosa de él. El argumento vuelve una vez más al relato oral y la confesión. Un viejo borracho de Edimburgo, al que llaman Doc, cuenta a los parroquianos su experiencia como médico, y como el afán de sabiduría le lleva a investigar en cuerpos humanos que algunos traficantes le traen por las noches. Pero a veces la frontera entre lo legal y lo ilegal es muy fina. Doc acaba siendo testigo del asesinato de uno de estos traficantes a manos del que es ahora un prestigioso médico, antaño compañero de estudios, pero la naturaleza es más fuerte de lo que pensamos. Si en vez de Stevenson, el relato hubiera sido firmado por Edgar Allan Poe (muerto en 1849), nadie lo hubiera negado. Bebe de su decadencia, espíritu gótico y tenebrismo.

El quinto relato es mi preferido. La familia del vourdalak, de Alexei Tolstoi (1847). Me pirran las historias de vampiros, sobre todo las eslavas. Tendemos a pensar que el Drácula de Stoker (1897) es el origen de la mitología vampírica en el mundo occidental, pero para cualquier aficionado medio esta idea se resquebraja conforme va encontrando sus mitos en preciosas partituras como «Varney el Vampiro», de Rymer, folletín gótico aparecido en entregas entre 1845-1847; el Lord Ruthven que Polidori (1819) pergeñó la misma noche que Mary Shelley soñaba con su Frankenstein; la Carmilla de Sheridan Le Fanu (1872), paradigma de la vampiresa; o este brucolaco o vourdalak del padre de la novela histórica rusa.

El vourdalak no es otro que Boris Karloff, y su imagen la tengo en mi cerebro desde que vi el fragmento homónimo que bajo el título de «Las tres caras del miedo» (1963) de Mario Bava, asomado a la ventana, vigilando como duerme el protagonista. Una vez más se nos cuenta la historia en forma de confesión años después. Un extranjero llega a un pueblo de Serbia (otro día os contaré la epidemia de vampiros que sufrió en el XVIII) donde una familia espera impaciente la llegada del padre (Karloff). Antes de partir a las montañas para cazar a un terrible bandolero les advierte que, si llega después de 10 días, no le deben dejar pasar, pues se habrá convertido en un vourdalak, un vampiro, que acabará con la vida de todos los miembros de la familia. Deben clavarle una estaca en el corazón sin preguntar. Y he aquí que justo cuando se cumplen los diez días de plazo, Gorcha (Karloff) aparece demacrado, hambriento pero no de carne, repudiando las cruces, y buscando el calor de los suyos. Sencilla y cruel.

El último relato es el de un clásico de las lecturas juveniles, «El gato negro» (1843), de Edgar Allan Poe. No sé qué puedo añadir a este magistral cuento que reúne todos los tópicos sobre cómo debe ser un cuento de terror. La primera adaptación real es muy tardía, del año 62, en una adaptación de varios cuentos de Poe que hizo Roger Corman con interpretación de Peter Lorre, y ni siquiera reúne todos los elementos que convierten a este cuento en un paradigma del terror.

Mientras que esta adaptación se centra en la relación adúltera de su mujer, en el cuento la atención es referida al gato, en un trasunto del propio Poe, que cuenta en primera persona como su amor a los animales se trastoca en venganza a raíz de su adicción al alcohol. Es el gato el que se erige en némesis, un protagonista más sin voz, pero sí con una presencia continua que perturba al lector y le lleva a pensar si estará poseído por el espíritu de otro ser.

En resumen, si os gusta el cine de terror, no os podéis perder esta antología. 

Nos vemos. Salud y buena lectura.

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