Sobrevivir a «La Zona»

En los años 80 y 90, al prolífico y ya fallecido autor Michael Crichton se le tildó de fundar un nuevo género literario, el tecno-thriller. En sus novelas (Parque Jurásico, La amenaza de Andrómeda, Congo, Rescate en el tiempo, Esfera, El guerrero número 13…), protagonizadas a menudo por científicos (el paleontólogo Alan Grant, el doctor Jeremy Stone, el profesor Edward Johnston), un descubrimiento amenazaba con cambiar el orden mundial (la clonación de dinosaurios, una cura contra el cáncer, una pandemia traída del espacio exterior). 

Lo que comenzaba como una investigación científica, en seguida se revelaba como una conjuración en las más altas esferas, donde grandes corporaciones farmaceúticas, lobbys del mercado de armas, especuladores financieros, enviaban a sus matones y paramilitares a limpiar la zona y apropiarse del descubrimiento, lo que se convertía en una larga persecución de los protagonistas que debían averiguar todo lo posible sobre el hallazgo mientras luchaban contra virus, depredadores, militares y la propia estupidez humana.

El testigo de Crichton lo heredaron de forma muy eficiente los autores norteamericanos Douglas Preston y Lincoln Child, primero con su serie sobre el detective Pendergast (y su débil versión cinematógrafica titulada The Relic en la que ni siquiera aparecía el personaje), y después con una serie de novelas independientes aunque hiladas con personajes secundarios comunes en la que le daban un repaso a todo el imaginario conspiranoico del mundo actual (Tiranosaurio, Impacto, Nivel 5, Utopía…), repitiendo escenarios, clímax, catarsis, giros de guión, malos, escenas finales y moraleja incluida.

Y exactamente esto es lo que podemos encontrar en esta novela de fácil lectura y digestión, escrita a cuatro manos por Javier Negrete y Juan Miguel Aguilera. La sinopsis nos habla de Laura Martín, médica de una organización que lucha contra el bioterrorismo, a la que envían a Matavientos, un pueblo de Almería que existe en función de los invernaderos que le rodean, donde miles de inmigrantes subsaharianos se hacinan y trabajan, y dónde, supuestamente, hay un brote de una enfermedad muy contagiosa que no saben identificar.

El resto os lo podéis imaginar. Trajes de contención biológica, farmaceúticas con oscuros intereses; zona de exclusión por cuarentena; el virus que transforma a los humanos infectados en una especie de zombis que sólo obedecen a sus impulsos primarios; inmigrantes malos que en realidad son buenos; buenos ciudadanos que en realidad son los malos; sacrificios; personajes que desde la primera línea son carne de cañón, y lo sabes; negligencia por parte de los gobernantes; decisiones estúpidas por parte de algunos protagonistas; y un final para todos los públicos, incluso para los que desean una secuela.

Aspectos que me han gustado. Se lee muy fácil. Dentro del género infectados/zombis, se ve que los autores tienen tablas, muchas tablas, y han construido una historia consecuente, bien cimentada y que va desgranando los misterios de forma paulatina, a la vez que el lector, aunque en ocasiones se les ve las costuras con algunas escenas forzadas. Me ha encantado su explicación al virus. No soy médico. No entiendo de medicina, pero me parece veraz y razonada, mucho más que otras versiones más publicitadas. También me ha gustado esa segunda lectura contra la verdad de la inmigración en esa parte de Almería, contando todos los puntos de vista, incluso los que no suelen comentarse, y cómo los han imbricado en el contexto de la novela, justificando su localización en los viveros almerienses.

Aspectos que no me han gustado; las sobrelecturas. Esa historia de amor no tiene ningún sentido. Menos cuando te la quiere introducir con escenas del tipo «uy, casi me come un zombi, menos mal que me ha salvado este señor tan alto y fuerte. Me lo tiraría». Peor cuando repite las mismas escenas y pensamientos 50 páginas después, para dejarnos claro que sí, que se lo va a tirar… pero es que vuelve a hacerlo otras 50 páginas más tarde, cuando están en una situación terminal. Por un momento pensé que ella estaba infectada por el virus de la adolescencia hormonal. Tampoco me ha gustado la presentación de personajes, de Cluedo. «Este es Pepito, y es un solterón (malo). Esta es Francisca, y va detrás de Pepito (prescindible). Este es Juan, pastillero (fiambre). Esta es Eloísa, hace trapicheos (fiambre)». Su existencia sólo es necesaria para establecer un turno de muertes, pero no aportan nada a la historia.

Esa es la peor parte de la novela. Los secundarios son carne de cañón, no lo disimulan, y la mayor diversión del lector consiste en adivinar cómo va a morir y quién lo va a asesinar (dientes, balas, caída de edificio…). Por lo demás, entretenida, divertida y hasta casi puedo asegurar que didáctica. Recomendable en estos tiempos de cuarentena.

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