Son las Nueve

Son las nueve, yo creí que eran las tres
todavía no pude comer
ni dejar de temblar no era un juego
era fuego
y habrá que pagar la cuenta del incendio
pero aquellas maratones
sin parar de escupir canciones
fueron buena pesca y tal vez

el dolor desaparezca
y algún día podamos repetir lo peligroso
del arma cargada de polvo
que en la mano
de un artesano de canciones
puede merecer la pena
si el veneno no envenena
puede merecer la pena
son las nueve, yo creí que eran las tres
¿qué diferencia hay?

el sueño va a llegar mejor, o igual
desmayar el cansancio de vivir
ayer si decidí que terminé
en mi casa fui un león
más allá de los horarios
rompí algunos récords
varios tiempos coronarios
pero fueron las canciones
mi recompensa
canciones de dolor real
pero canciones no más

canciones partidas por la mitad
pero canciones no más
canciones de amor perdido
pero canciones no más
canciones que confiesan todo
pero canciones para mí, y los demás
pero sí los demás
terminan por derramar una lágrima o cantar
será un premio
más valioso que el dinero
eso ya lo tengo
y la tristeza también.

Por un instante he tenido la tentación de dejar esta entrada sin texto. Sólo la letra de la canción y el audio para que disfrutéis, sin circunloquios, de esta obra maestra acerca de la creación. Porque «Son las nueve» de Andrés Calamaro no es una canción de amor, ni otra tomadura de pelo del cantante argentino. Es una confesión, la prueba palpable de lo que significa para un autor el acto de la creación.

Ni siquiera se trata de música. Da igual que sea una canción, un poema, una novela o una carta. Todo aquel que alguna vez se haya puesto frente a un papel para crear ha pasado por las mismas sensaciones que Calamaro describe en Son las nueve; el paso inadvertido de las horas en el reloj; el dolor en las entrañas; la dificultad para encontrar las palabras exactas; la sensación de pérdida, de desesperanza, de incapacidad de llegar a donde uno quiere.

Cuando uno crea, deja un poquito de sí mismo en la creación. Esos pedazos jamás se recuperan. Vuelan y se reproducen cada vez que alguien la escuche, la lee, la siente. El acto de crear comparte esfuerzos con el de parir. Crear duele, pero la recompensa merece la pena. Por eso seguimos creando, porque si no hiciéramos cosas que valen el esfuerzo, ¿para qué seguimos viviendo?

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