Soy leyenda… y lo seguiré siendo

Es increíble cómo una novela tan corta, tan sencilla en su estructura y planteamiento, con un desarrollo tan ameno y un final tan redondo, nunca ha sido llevada al cine de una forma fidedigna, sin interpretaciones, sin cambios de guión, sin finales alternativos, sin cambiar la naturaleza del enemigo y, sobre todo, respetando el espíritu original, la esencia, el verdadero motivo por el que se titula «Soy leyenda» y no «El último hombre sobre la tierra», como hizo Vincent Price.

Mientras me pienso si os voy a contar cuál es esa esencia, haré un repaso por las diferentes adaptaciones al cine de la obra cumbre de Richard Matheson por riguroso orden cronológico, aunque haré trampas. Una de ellas solo la mencionaré. Es tan mala, que no merece ni ser reseñada. Pero antes, una breve síntesis de esta novela corta de 1954. Robert Neville es el único hombre vivo que queda en la tierra. Una pandemia bacteriana ha transformado a toda la humanidad en chupasangres, y sólo él permanece inmune a la enfermedad. Durante el día, se dedica a reparar su casa, buscar útiles y provisiones, y matar a los vampiros durmientes. Por la noche, se atrinchera en su salón y soporta en soledad el asedio de sus enemigos, en especial de un compañero de trabajo y vecino, Ben Cortman, que le grita noche tras noche: «Sal, Neville». Pone música clásica a todo volumen, bebe whisky y se refugia en la locura. Pero Neville decide darle sentido a su existencia e investigar qué hay de cierto en los mitos del vampirismo y somete a examen la verdad sobre el ajo, las cruces o las estacas, aprendiendo ciencia libro a libro, brindándonos una explicación racional al mito. Su soledad termina cuando un día encuentra un perro vagabundo, que parece libre de la infección… Pero la catarsis llega cuando… no, no cuento el final. Vayamos a por la primera adaptación de este clásico, «El último hombre sobre la tierra» (1964).

Protagonizada por Vincent Price, es la más fidedigna a la novela original, seguramente porque el guionista, un tal Logan Swanson, fue el pseudónimo que adoptó el propio Matheson tras dejar la productora en dique seco la película durante tres años. Le obligaron a modificar algunos puntos, y no hay nada peor que decirle a un escritor que le cambie el color de los ojos a su criatura. El final fue cambiado sustancialmente, quitándole toda épica y todo sentido a su título. 

En la novela, Neville encuentra a una mujer que camina bajo el sol. En todo momento parece humana. Pasan el día juntos, y él se hace ilusiones. Le saca sangre para analizarla y confirmar que está libre del virus, pero por la noche descubre que ella está infectada, y cae inconsciente. A la mañana siguiente, Ruth, la mujer, le ha dejado una carta. Pertenece a una nueva especie, la de los humanos que se infectaron pero no murieron, convirtiéndose en una nueva raza de vampiros, los que gracias a una píldora, pueden vivir a la luz del sol. Van a crear una nueva sociedad, libre de vampiros muertos y del humano. Le pide que huya, pero Neville no claudica. Luchará. Esa noche le atacan, asedian su casa, le hieren y le capturan. En la soledad de su celda, mientras escucha el murmullo de la gente expectante por verle, Ruth le visita para decirle que le van a ejecutar. Es entonces cuando Neville reflexiona sobre qué significa él para la nueva civilización. Él es el malo, el ser de otra raza que por el día les busca y los mata mientras duermen, sin justificación, sin misericordia. Él es la bestia, el monstruo mitológico del que hablarán las leyendas en el futuro, cuando los actuales niños recuerden a sus hijos que una vez existió un hombre vivo que les daba caza por el día. Él es la leyenda.

Esta épica desaparece en la versión de Price. Aparece Ruth, descubre que está infectada, pero Morgan (le cambian el nombre y la profesión, ahora es médico), le hace una transfusión y le cura. Por la noche les atacan -parece una secta de oficinistas, todos vestidos de negro con su cuello alto- y Morgan huye, pero le atrapan en una iglesia, donde lo matan de una lanzada sobre el altar mientras suelta una perorata. Peor imposible.

«El último hombre vivo» (1971) es una patochada infumable basada de forma asintomática en la novela de Matheson, así que podemos incluir el célebre epígrafe de «cualquier parecido con el original, es pura coincidencia». Producida siete años después de la versión de Price, The Omega Man, su título original, nos mete de lleno en la guerra fría y el miedo nuclear. Ojo que la sinopsis es esperpéntica. 

La URSS y China, las dos naciones muy comunistas y muy malas, se enzarzan en una guerra en la que liberan un agente patológico que extermina a toda la humanidad. Sólo sobrevive Neville (en esta le mantienen el nombre, pero le convierten en científico y militar, para que Charlton Heston, el protagonista, luzca bíceps y puntería, además de ser listo y salvar la humanidad), que había descubierto la vacuna justo antes del final. También han sobrevivido un centenar de «vampiros», y los pongo entre comillas porque no lo son. Son supervivientes a los que la bacteria ha causado una hipersensibilidad a la luz (ojo al maquillaje, podéis tener pesadillas), y han formado una hermandad de monjes albinos que odian la tecnología como causante del apocalipsis. Por el día se esconden bajo tierra, y por la noche se dedican a atacar a Neville, que se pasa la película pegando tiros con su metralleta.

Pero no son los únicos supervivientes. Hay otro pequeño grupo de jóvenes que todavía no han sido infectados por la bacteria, todos jóvenes o niños. Estos ayudan a escapar a Neville cuando es capturado por la hermandad y condenado a morir en la hoguera. Neville cree que puede salvarles haciendo transfusiones de su propia sangre (será 0 negativo, digo yo) para pasarles los anticuerpos y crear una vacuna natural. Después de hacerlo, deciden huir de la ciudad, pero son atacados de nuevo por la hermandad. Es entonces cuando Neville, herido de muerte, se queda atrás como símbolo de que ese ya no es su mundo. Quizá lo único parecido a la novela de toda la película. Nada más. Heston se pasa media película pegando tiros a los encapuchados hasta que le atrapan. Ni soledad, ni locura, ni vampiros, ni investigación, sólo tiros y testosterona. Y sin ningún tipo de final épico más allá de la muerte del protagonista. Olvidable.

Pero no tan olvidable como la infraproducción «I am Omega», de Asylum, productora que se dedica a piratear superproducciones de Hollywood para intentar vender algún DVD antes que la película plagiada. Del año 2007, iba directa a por la última de las versiones realizadas hasta la fecha, el «Soy leyenda» de Will Smith. ¿Qué decir de esto? Que tiene a Mark Dacascos, que tiene escenas de artes marciales y que son zombis en vez de vampiros. Por lo demás… por favor, no perdáis el tiempo. Es realmente un horror. Como versión de la novela es inadmisible, y como película de zombis es mediocre. Punto y final.

Y llegamos al final. Hollywood decidió apostar por el clásico y puso de frontman a un peso pesado de la industria, un Will Smith que se quería ganar los galones interpretando papeles dramáticos, y en «Soy leyenda» (2007), lo consiguió. Y eso que esta película no me gusta especialmente. El guión está diseñado para buscar premios. Sigue los parámetros de la novela, pero trata de convertir al protagonista en un superhombre que también es capaz de sufrir. Por supuesto convierte a Neville de nuevo en un científico militar, para justificar su capacidad para luchar y su inteligencia contra el enemigo. Mantiene las premisas clave, la soledad, la locura, pero le da un arma que no se merece, su perra, alguien de su familia, solo para matarla y arrancar un par de lágrimas más entre el público. Recupera la historia de la mujer y la hija, pero a cambio los vampiros son una especie de zombis agresivos lampiños que siempre están enfadados, más parecidos a animales que a un antagonista creíble. Tampoco me gusta nada la frivolidad de las escenas cazando ciervos o jugando a golf. Neville es un hombre al borde del colapso que es muy cuidadoso con lo que hace, ya que de los detalles depende su supervivencia, y Will Smith se dedica a buscar cámara, imitando los tics de Tom Hanks en «Náufrago» (2000). De hecho, el histrionismo de la escena de su captura es anticlimático, un lapsus increíble pensado sólo para manipular al espectador.

Porque Will Smith, al igual que hiciera Charlton Heston, necesita ser un héroe. Y un héroe puede caer, pero siempre se levanta. Y eso es incompatible con la visión original de Matheson. Neville es un hombre normal que se ve abocado a la supervivencia, un autodidacta que lee para aprender a luchar contra sus enemigos, no un madelman superdotado, experto en explosivos, filántropo y atleta.

La última parte de la película introduce, al igual que hiciera la de Heston, a otros supervivientes no contagiados por la bacteria, una mujer y un niño, las víctimas que debe proteger y por las que se debe sacrificar en un estúpido final catártico en el que descubre la vacuna (por supuesto, es un héroe), se la da a los dos supervivientes y se inmola ante el ataque de los zombis vampiros lampiños furiosos. Al final, estos dos llegan a otra colonia de supervivientes, desde la que vacunan a todo el mundo y crean una nueva civilización, donde él es considerado una leyenda, pervirtiendo por última vez el verdadero mensaje de Richard Matheson.

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