Una clase de magia…

Del amanecer de los tiempos venimos. Nos hemos movido silenciosamente a través de los siglos, viviendo muchas vidas secretas hasta completar el número de los elegidos esperando la hora del combate final. La hora ha llegado: sólo puede quedar uno…

Juan Sánchez-Villalobos Ramírez –Los Inmortales – (1986)

Ha pasado algo más de un año desde que una fiebre inexplicable inundó las salas de cine y colapsó las tertulias. La «Queenmanía» arrasó con todo, y nos dejó la sensación de que todo lo que envolvía a Queen ya se había dicho. Freddie Mercury se convirtió en un miembro más de la familia, de los amigos; y Bohemian Rhapsody un himno machacón, constante, eterno y rutilante.

Los que ya habíamos pasado la fiebre del 92 con «El mundo de Wayne» estábamos inmunizados contra este virus que provoca la locura por la Reina, pero a alguna gente le cogió desprotegida, y muchos otros se convirtieron en policías de la verdad. Recuerdo una conversación con un vecino acerca del tema. Hablamos de mi primer y fulminante contacto con los británicos, allá por el 87-88, cuando apenas tenía 10 u 11 años. -¿No eras muy joven tú para saber algo de Queen? -ejerciendo de inspector de buenos oficios. -Sí, era muy joven, pero si hay algo que entra en la mente de un preadolescente antes que la música, es el cine, y el VHS que habían comprado mis padres, y una tarjeta de alquiler de videoclub de 60 películas mensuales, me llevó a ser reincidente en el visionado de una película que cambiaría mi forma de ver el mundo. No es un gran film, pero sí es muy entretenido, lleno de aventuras, de intriga, de luchas a espada, de amor, de drama, de acción y, sobre todo, de buena música, toda a cargo de un grupo que ya os podéis imaginar. Estoy hablando de Los Inmortales (Highlander, 1986).

Sobre la pantalla en negro resuena la voz en off de Sean Connery (Ramírez) declamando la cita del comienzo. De pronto, la privilegiada garganta de Mercury comienza a capella el «Princes of the Universe», mientras la guitarra de May rasga la segunda cuerda y la batería de Taylor da la primera nota. 

Here we are / born to be kings / we are the princes of the universe 

(Aquí estamos / nacidos para ser reyes / somos los príncipes del universo)

El fundido desaparece y la cámara nos da una vista aérea del Madison Square Garden que gira ecléctica hacia el ring donde comienza un combate de lucha libre (y donde siempre quisimos creer ver a Mr.Perfecto). Los riffs de May se solapan con los golpes que se dan los luchadores, en una sincronía perfecta entre imagen y sonido planificada al detalle por el director Russell Mulcahy, que antes de Los Inmortales se había curtido en el mundo del videoclip  con los Rolling Stones.

Entre el público, un misterioso hombre con gabardina (Christopher Lambert) que sale del estadio antes de que finalice el combate, mientras recuerda otras luchas en las que participó mucho tiempo atrás, en su Escocia natal, cuando su nombre era Conner McLeod. Llega al parking del estadio y allí se enfrenta a otro hombre, cada uno con su espada. El duelo termina con la cabeza del otro hombre separada del cuerpo por la katana del protagonista, que se prepara para recibir la luz de la inmortalidad… 

El «Princes of the Universe» es la primera canción de la increíble banda sonora de esta película de culto. Salió una BSO en su época, firmada por Michael Kamen, que aparecía como intérprete de las piezas instrumentales, y Queen, autor de las seis canciones que aparecen en la película. Estas seis canciones las incluyeron en el disco que grabaron en el otoño de 1985 y publicaron en abril de 1986 bajo el título de «A kind of Magic», una clase de magia, canción homónima compuesta por Roger Taylor y que servía de epílogo al film. 

Fue el propio Russell Mulcahy el que pidió al grupo que escribieran las canciones de forma expresa para la película, y por eso les permitieron que vieran fragmentos de la misma antes de sentarse a componer. Sólo así se entiende la perfecta fusión entre la música y la imagen, dejándonos escenas imborrables para la posteridad.

Taylor aseguró que había sentido algo especial, algo mágico al ver la película, algo que le había inspirado la canción. Por cierto, en la película sale una versión más rockera que la que se incluyó en la grabación del disco. No fue la única inspiración. El final de Heather, el primer amor de Conner, es de un dolor inimaginable, ya que el inmortal se da cuenta de que jamás podrá amar a una mujer, ya que están destinadas a morir mucho tiempo antes que él. Es ahí cuando decide abandonar su primera vida clavando el claymore de los McLeod en el suelo; la mirada de tristeza de Heather a Conner, mientras se da cuenta que ella envejece, pero él sigue tan joven como el primer día, en una elipsis tan genial como la secuencia inicial de «Up»; o la ternura de la escena del lecho de muerte, cuando Conner, con Heather entre sus brazos, le narra lo que les espera fuera… Lo mismo le ocurrió a Brian May, autor de «Who wants to live forever», en la que esta canción convierte la escena en catártica. ¿Quién quiere vivir para siempre… cuando el amor debe morir? Indecible.

Estas tres canciones son las que toman el protagonismo de la película, pero Queen incluyó otras tres canciones en el disco. Estas son «Gimme the prize», «One year of love» y «Don’t lose your head». Más curioso es el caso de «Hammer to fall», que también suena en «Los inmortales», pero no fue incluida en el disco «A kind of magic», porque ya había sido incluida en el album anterior, el «Works» de 1984.

El «Don’t lose your head» es una referencia clara a los duelos a muerte entre inmortales, que sólo se resuelven cuando uno de los dos es decapitado, aunque suena cuando el kurgan decide raptar a Brenda, el nuevo amor de Conner, para usarla de cebo. En la película está cortada por los múltiples golpes y accidentes provocados por el kurgan conduciendo por New York, con un guiño final en forma de enlace con el «New York New York» de Sinatra.

Más breve es la muestra del genial «Gimme the prize» (Dame el premio). Apenas suena unos instantes mientras el kurgan escucha la radio donde dice que le están buscando y que se desconoce su nombre, a lo que él contesta: «I know his name». La frase se incluyó en la versión del disco. Es una pena que no fuera mayor, porque este «Gimme the prize» suena realmente bien, una versión muy rockera, cercana al metal, y que bebe de la misma fuente que el «Princes of the universe».

La última de las canciones es el «One year of love», una balada muy muy pastelona sobre el viejo leitmotiv de que es mejor vivir la vida de forma intensa en vez de languidecer durante años sin sentir nada. Junto a «Don’t lose your head» es quizá la canción más floja de todo el disco, y sólo sirve para mostrar algo que el actor no puede decir con palabras por su falta total de expresividad.

En definitiva, una película para revisionar una y otra vez. No creo que haya envejecido tan mal como se dice por ahí. Es una película de aventuras, de romance, de emoción, y además tiene una banda sonora irrepetible. ¿Hace falta algo más?

Que la disfrutéis

Saludos

Manuel C.

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